Si no tengo amor…


“Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.” (Hechos 3:6)

Uno de los milagros más hermosos en el libro de los Hechos es el citado en el texto anterior. Seguro que Pedro y Juan recordaron las palabras de Jesús cuando dijo: “Y estas señales seguirán a los que creen: …sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.” (Marcos 16:17-18). Este y muchos otros milagros dejaban perplejos a creyentes e incrédulos, y glorificaban a Dios por las señales que eran hechas por mano de los apóstoles. El ministerio glorioso del Espíritu Santo moviéndose en la Iglesia estaba cimbrando las puertas del Hades. ¡Aleluya!

El pasaje puede enseñarnos muchas cosas, pero una en especial es digna de atención. Del relato entendemos que el dinero no lo es todo, pues Pedro y Juan no tenían la ayuda que el cojo esperaba, pero el milagro fue más de lo que podía imaginarse. La actitud posterior de este hombre nos deja claro que jamás en su vida hubiera esperado recibir semejante don, lo que obtuvo fue mejor que todo el oro y la plata del mundo: “y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios.” (Hechos 3:8).

Hasta aquí pudiéramos gozarnos tan solo de leer el pasaje e imaginarnos el glorioso acontecimiento, pero detrás del milagro hay virtudes que bien haríamos en entender. Virtudes que fueron móvil del milagro y derivaron en semejante bendición. El milagro también puede traducirse como: amor al prójimo, sensibilidad a las necesidades de otros, compasión, misericordia y servicio.

Muchos cristianos al leer sobre los milagros ven muy lejos de su vida ese don y otros se excusan en que “no tienen qué dar” como si no conocieran a Aquel que multiplicó unos pocos panes y peces para una multitud cansada y hambrienta. Detrás de la alimentación de la multitud podemos observar exactamente el mismo móvil que en el milagro de Pedro y Juan: el amor. Los apóstoles aprendieron bien de su Maestro.

En el cuerpo de Cristo pueden ser pocos los que tienen oro y plata para dar, pero todos sin excepción tenemos algo que dar. Y en el último de los casos, cuando no hay nada material que dar, nos tenemos a nosotros mismos, hay que darse. Dar es fácil cuando algo nos sobra, pero darse es entregarse en espíritu, alma y cuerpo para amar a Dios y a nuestro prójimo.

Para poder dar y ser agradables a Dios, primero hay que darse en amor. Todo lo que demos sin entender este principio de nada sirve: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.” (1 Corintios 13:3). La gente necesita ver a Dios, verlo en nuestro amor.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13:35)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s