El anatema


“Levántate, santifica al pueblo, y di: Santificaos para mañana; porque Jehová el Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros.” (Josué 7:13)

Dios ha dejado claro en su Palabra que nadie será condenado por los pecados de otro: “…el alma que pecare, esa morirá.” (Ezequiel 18:4). Sin embargo, las Escrituras también enseñan que los pecados de unos pocos traen consecuencias sobre la vida de muchos. Tal es el caso de los hechos narrados en el capítulo 7 del libro de Josué, en donde claramente vemos que el pecado de Acán atrajo la ira de Dios sobre el pueblo de Israel.

Dios sabe lo que hay en el corazón de toda persona. Él sabía que Acán había pecado deliberadamente mucho antes de que las cosas salieran a la luz delante de todo el pueblo. Lo que llama la atención es que Dios no dio un manotazo, ni tampoco lanzo una advertencia de que el anatema estaba en medio del pueblo. Sencillamente Dios dejó que las cosas cayeran por su propio peso.

Después de la derrota delante de Hai, el panorama se tornó oscuro. Las palabras de Josué  son muestra de la turbación que se apoderó de él: “Y Josué dijo: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!” (Josué 7:7).

Lo que Josué no tenía presente en ese momento es que las leyes que sustentan el Reino de Dios nunca cambian. La instrucción de Dios fue clara: el anatema tenía que ser quitado. Sólo así el pueblo podría seguir adelante en la conquista de la tierra prometida. Josué no tardó mucho en darse cuenta que el origen de su turbación y la del pueblo no residía en Dios, sino en el pecado de Acán: “Y le dijo Josué: ¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día. Y todos los israelitas los apedrearon, y los quemaron después de apedrearlos.” (Josué 7:25).

El esplendor de la victoria regresó después de que Dios puso en evidencia el anatema y se ejecutó juicio y sentencia sobre los pecadores. La senda de la victoria está acotada por los principios divinos: “…la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre.” (Salmos 93:5b).

Las bendiciones de Dios se derraman cuando son quitados los malos corazones de entre el pueblo. Cuando las escorias de la plata son quitadas, entonces sale alhaja al fundidor.

“Te levantarás y tendrás misericordia de Sion, porque es tiempo de tener misericordia de ella, porque el plazo ha llegado.” (Salmos 102:13)

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