El último sello


“Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.” (Hechos 4:32)

El reto de toda iglesia moderna que se diga cristiana es compararse con la primera iglesia. Si hay una iglesia digna de imitar es la que describe el libro de los Hechos. Hoy en día muchas iglesias reclaman ser la verdadera, pero se les olvida que el apelativo ‘cristianos’ se originó hace más de dos mil años y no precisamente en el seno de una denominación religiosa, sino en relación a un estilo de vida. El título de ‘cristiano’ no se hereda. Que nadie reclame el calificativo ‘cristiano’ si no vive como aquellos a quienes se les bautizó con ese nombre. Basta mirarse en el espejo de la palabra de Dios para darse cuenta de la apegada o vaga semejanza con la verdad.

La primera iglesia surgió durante el ministerio del Señor Jesucristo, por lo cual podemos estar seguros de que poseían la doctrina verdadera y el evangelio tal como fue enseñado por su autor: Dios hecho Hombre. No hay lugar a equivocaciones pues Cristo puso el cimiento de su iglesia sobre sí mismo y los apóstoles fueron testigos de todo lo acontecido durante la vida, muerte y resurrección de Cristo.

El libro de los Hechos relata milagros, señales, prodigios, sanidades y muchas cosas sobrenaturales. Lucas, quien lo escribió, lo cuenta así: “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo;” (Hechos 5:12a). La primera iglesia trae a memoria las palabras de Cristo cuando dijo: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.” (Marcos 16:17-18).

Cualquiera que veía estas señales se quedaba atónito. Aún nosotros los que leemos después de dos mil años. Quizá alguno se sienta atraído por semejante poder y lo desearía para sí mismo. ¡Ojalá no haya ningún Simón el mago que crea que el don de Dios se obtiene con el oro y la plata de este mundo! Es una pena que el presunto cristiano pretenda irse por las ramas y no fijarse en la raíz de este ‘misterio’.

Todo el Nuevo Testamento nos da la llave para abrir la puerta y descubrir la esencia de la primera iglesia. Lo más importante y característico de los primeros cristianos no eran los milagros y las señales. En el pasaje inicial se describe una característica importante: “eran de un corazón y un alma”. Todos estaban cortados por la misma tijera. El asunto de las señales –en quienes se manifestaban– era meramente eso: señales de algo que los impulsaba a todos. Es imposible leer el Nuevo Testamento y no encontrar la llave. ¿Cómo puede ser alguien tan despistado? Eso sí que es un misterio.

Los apóstoles hablaron todo el tiempo de esta raíz. Cuando Pablo reprendió a los corintios por su mala conducta no les echó en cara su ausencia de señales, sino su falta de amor: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.” (1 Corintios 13:1). Aun detrás del testimonio de Lucas podemos ver que la tijera modeladora de Dios era precisamente el amor: “Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad. (Hechos 4:34-35). La primera iglesia no hizo más que cumplir el mandamiento de Jesús que dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.” (Juan 13:34).

El apóstol Pedro dijo: “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro;” (1 Pedro 1:22). En otras palabras, es el Espíritu Santo quien produce ese amor sincero entre los cristianos. Lo más curioso de todo es que el Espíritu no posee varitas mágicas para darnos amor. Si a todos se nos dijera que Dios tiene una pila llamada amor bien haríamos en irnos a sumergir todos los días. No hay imposición de manos ni cosas semejantes. El principio es más sencillo y dice así: al que se le perdona mucho, mucho ama; al que se le perdona poco, poco ama (Lucas 7:36-50). Sólo aquel que entienda por el Espíritu su deuda inmensa para con Dios y su prójimo puede amar en hecho y en verdad. Quien nunca lo ha entendido –o ya se le olvidó– no puede ser cristiano.

Dios tiene un remanente en donde a pesar de haber pocos todavía será probado. Dios tiene en su mano un último sello. Dentro de su plan eterno, Dios se encargó de que los salvos portaran un distintivo infalsificable. Un sello que es la esencia de Él mismo. El Fiel y Verdadero no tiene hijos apócrifos.

“Y ahora te ruego, señora, no como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros.” (2 Juan 1:5)

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