La casa de David


“Hubo larga guerra entre la casa de Saúl y la casa de David; pero David se iba fortaleciendo, y la casa de Saúl se iba debilitando.” (2 Samuel 3:1)

Una de las épocas más gloriosas en la historia del pueblo de Israel fue el reinado de David. Muchas naciones fueron sometidas durante el mandato de este siervo de Dios. Fueran conquistados u obligados a pagar tributo, los pueblos vecinos temían del poder de los israelitas y su rey. Sin duda, David es uno de los personajes más importantes y mejor recordados en la historia, pero toda gloria tiene una antesala; las circunstancias que pusieron a David por cabeza de pueblos no se dieron de la noche a la mañana, pues como dice la Escritura: “…antes de la honra es el abatimiento.” (Proverbios 18:12b).

Desde la perspectiva humana nadie hubiera imaginado que un sencillo pastor de ovejas se convertiría en el más célebre personaje de la nación hebrea. Y también parecía imposible que dicha persona tuviera el poder para quitar el obstáculo más grande que le impediría sentarse en el trono: derrocar a su antecesor, el rey Saúl. Nulas posibilidades tenía un hombre perseguido y desterrado, con pocos seguidores, de volver el favor del pueblo en su beneficio.

Sin embargo, el designio de tomar las riendas del pueblo de Dios no venía de David, sino de Dios: “Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo.” (1 Samuel 13:14). Las cosas no eran parte de una simple aspiración política, pues Aquel que llama a las cosas que no son como si fuesen tenía todo su beneplácito en la persona de este humilde pastor para hacerlo su siervo.

Dios y un hombre dispuesto son mayoría aunque un ejército se levante en contra, y a pesar de que pasaron varios años en cumplirse la voluntad de Dios, no hubo nada que la resistiera. Tal como lo dice el texto inicial: la casa de Saúl se debilitó y David se fortaleció.

La casa de Saúl representa ese liderazgo tibio y sin celo, que existe sólo por mero formalismo; ese ministerio seguido por muchos pero sustentado en un orden nominal, mas no confirmado por Dios y por tanto carente de su presencia y el fuego de su Espíritu.

La casa de Saúl encarna la rebeldía al orden divino pues siempre se opuso a lo establecido por Dios. Todo aquello que se opone a la voluntad de Dios es figura de la casa de Saúl. Quienes se aferraron a ese casa desechada tuvieron como premio la desgracia de ver desmoronarse aquello en lo que confiaron.

Dios hoy tiene un remanente. La casa de David aún sigue en pie. No me refiero a la nación de Israel como tal, sino a aquellos que como David son conforme al corazón de Dios y conforman la casa de David: la iglesia. Al igual que David, tales personas primero sembrarán en debilidad, pero después cosecharán en gloria.

“En aquel día Jehová defenderá al morador de Jerusalén; el que entre ellos fuere débil, en aquel tiempo será como David; y la casa de David como Dios, como el ángel de Jehová delante de ellos.” (Zacarías 12:8)

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