Piedras vivas


“vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” (1 Pedro 2:5)

Jesucristo es el cimiento de la iglesia. Él es la Petra del pasaje de Mateo 16:18 sobre la cual la iglesia está asentada y “las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. Saber que Cristo es el fundamento da consuelo y esperanza, pero es muy importante aferrarse a la verdad completa. ¿Qué hay de aquellos que son esa casa espiritual, ese sacerdocio santo, o sea las piedras vivas? Los que edificamos la casa de Dios somos nosotros. Dios nos llama piedras vivas.

En el capítulo 35 del libro del Éxodo se nos relata cómo fue erigido el tabernáculo de reunión. Dios mostró a Moisés el modelo y el pueblo tenía que edificarlo. Sin duda fue un acontecimiento maravilloso ver a hombres y mujeres trayendo ofrenda de oro, plata y toda clase de materiales preciosos para levantar un lugar en donde se adoraría a Dios, pero detrás de toda esa abundancia de tesoros había corazones dispuestos a dar a lo mejor de sí para lograr tan bella obra.

Al leer el pasaje completo quizás habrá quiénes se pregunten por qué Moisés –o Dios– no impusieron una cuota por persona o por familia para que la dádiva fuera equitativa. “Y vino todo varón a quien su corazón estimuló, y todo aquel a quien su espíritu le dio voluntad, con ofrenda a Jehová para la obra del tabernáculo de reunión y para toda su obra,” (Éxodo 35:21). La Biblia no dice que todo el pueblo haya dado, pues “de los hijos de Israel, así hombres como mujeres, todos los que tuvieron corazón voluntario para traer para toda la obra, (…) trajeron ofrenda voluntaria a Jehová.” (Éxodo 35:29). Hubiera sido fácil asignar a cada uno su propia ‘tarifa’, pero Dios no obliga a nadie a hacerse uno con su obra. Dios no mendiga las ofrendas de nadie. Para algunos él es gran Rey; para otros es un amo duro.

Ser piedra viva es voluntario. No todos están dispuestos. Tener la presencia de Dios en medio de nosotros cuesta. Si el pueblo de Israel tuvo que dar lo mejor de sus tesoros, ¿qué nos hace más dignos que ellos como para que nos cueste menos? Ser la casa de Dios en esta tierra requiere vivir absortos en dicha labor. Todo el que quiera edificar la iglesia debe ser columna en ella.

Aun el muro de la nueva Jerusalén tiene doce cimientos, y sobre ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero (Apocalipsis 21:14). Dios sabe honrar a aquellos que voluntariamente y sin cesar se dan a la tarea de erigir el tabernáculo de Dios con los hombres.

“Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra.” (Isaías 62:6-7)

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