La plomada de Jerusalén


“Te levantarás y tendrás misericordia de Sion, porque es tiempo de tener misericordia de ella, porque el plazo ha llegado. Porque tus siervos aman sus piedras, y del polvo de ella tienen compasión.” (Salmo 102:13-14)

El versículo inicial forma parte de un salmo profético. Su cumplimiento puede darse en más de un momento en la historia. Una posible aplicación la encontramos en el periodo de la cautividad del pueblo judío en Babilonia y su posterior restauración. Otro posible cumplimiento se dará “cuando los pueblos y los reinos se congreguen en uno para servir a Jehová.” (v. 22). Sea cual sea el cumplimiento podemos extraer enseñanzas valiosas para todos aquellos que deseen edificarse como morada de Dios.

La primera parte de nuestro versículo habla del gran amor de Dios por Sion. Trae a memoria las desolaciones de Jerusalén y la misericordia de Dios para restaurarla. Nos enseña que cuando el tiempo de aflicción se cumple, Sion es restaurada. Sin duda es reconfortante saber que Dios puede levantar una nación en un día, pero la reedificación de Jerusalén no se logra tan solo por la misericordia divina, al menos eso dice nuestro versículo. Hay que poner atención para entender que la buena voluntad de Dios siempre tiene eco en corazones que tengan el mismo anhelo: ver a Sion restaurada.

Aunado a la misericordia de Dios, los siervos del Reino de los Cielos desbordan en un mismo sentir: “Porque tus siervos aman sus piedras, y del polvo de ella tienen compasión.” (Salmo 102:13-14). Podríamos cometer el error de creer que Dios obra solo el milagro. Esto no es así, pues las puertas y los muros son hechos por hombres, hombres que aman a Jerusalén tanto como Dios. La plomada será tendida por estos hombres que no reposan hasta ver a Jerusalén por alabanza de la tierra (Isaías 62:6-7, Zacarías 4:10).

La oración día y noche de estos siervos es algo parecido al Salmo 137 que dice: “Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Mi lengua se pegue a mi paladar, si de ti no me acordare; si no enalteciere a Jerusalén como preferente asunto de mi alegría.” (Salmos 137:5-6).

Desde luego que aquellos que edifican a Sion tienen muchos enemigos. Gente que no quiere verla en pie. Personas que harán todo lo que tengan a mano para impedir que sean echados los cimientos de la santa ciudad. En los tiempos de Esdras y Nehemías, aun de entre el mismo pueblo judío se levantaron personas que con su mal ejemplo fueron oprobio para el nombre de Dios (Nehemías 13). Pero todos los que aman a Sion descansan en esta palabra: “Serán avergonzados y vueltos atrás todos los que aborrecen a Sion.” (Salmos 129:5).

A pesar de todo, los siervos de Dios tienen la plomada en su mano, y no reposarán hasta ver su gloria sobre la iglesia. El amor de Dios y el amor de un remanente fiel es lo que la edifica.

“Por tanto, así ha dicho Jehová: Yo me he vuelto a Jerusalén con misericordia; en ella será edificada mi casa, dice Jehová de los ejércitos, y la plomada será tendida sobre Jerusalén.” (Zacarías 1:16)

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