Cuando el maná faltó


“…y los hijos de Israel nunca más tuvieron maná, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año.” (Josué 5:12b)

Durante cuarenta años el pueblo de Israel se sustentó con pan del cielo. Esto fue un milagro que como tal nunca se repitió. Quizás ver a Elías alimentado por cuervos, o ver a nuestro Señor Jesucristo proveyendo pan a más de cinco mil personas hayan sido los acontecimientos que más se asemejaron al milagro que día a día se dio durante cuarenta años en el desierto. Cada milagro narrado en las Escrituras tiene su gloria; pero el que Dios alimentara toda una nación con comida no conocida es algo que sobrepasa cualquier milagro de providencia o multiplicación.

Después de cuarenta años el maná cesó. Podríamos preguntarnos ¿por qué dejó de suceder algo tan bueno y necesario? Como todas las cosas buenas en la vida, no quisiéramos que éstas terminaran, pero no olvidemos que Dios es la sabiduría y el amor; cualquier cosa que esté en su voluntad es lo más sabio y amoroso que pueda haber.

El maná pasó a la historia como una prueba tangible de la misericordia de Dios, pero el motivo por el cual se suspendió su provisión está claro en el mismo pasaje que leímos: “Al otro día de la pascua comieron del fruto de la tierra, los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas. Y el maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron a comer del fruto de la tierra; (Josué 5:11-12a). El pueblo de Israel comenzó a comer del fruto de la tierra, ya no era necesario el milagro.

La Escritura menciona que del botín de guerra también se obtenía alimento (Josué 8:2).  Dicho de otra forma: el pan diario se obtenía en las batallas, había que pelear por ello. Aún podemos entender que si el pueblo quería seguir comiendo del fruto de Canaán necesitaría seguir peleando, pues sus enemigos no cederían sus viñas y sembradíos sólo porque se trataba de los hijos de Dios. De cualquier forma, lo cierto es que fuera el botín de guerra o lo que de suyo lleva la tierra, al pueblo no le faltó nada. Hubiera sido una aberración que alguno de los israelitas llenara su saco de provisiones y un día después renegara de la falta de maná.

La enseñanza que obtenemos de esto es que cuando los hijos de Dios tienen los medios para valerse por sí mismos no hacen falta milagros, hace falta esfuerzo. Solo hay que esforzarse y depender de la gracia de Dios que abre camino delante de nosotros. Para el corazón que entiende y confía en la voluntad de Dios no hay lugar para la queja.

Cuando el maná falte, habrá gracia y fuerza. Si el maná falta es tiempo de trabajar.

“Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan. (…) Porque Jehová ama la rectitud, y no desampara a sus santos. Para siempre serán guardados; mas la descendencia de los impíos será destruida.” (Salmos 37:25, 28)

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