Más que vencedores


“Y del mismo modo como en los Juegos Olímpicos no son coronados los más bellos y fuertes sino los que luchan (que entre estos están los vencedores), los que actúan rectamente son los que conquistan con derecho las cosas bellas y buenas de la vida, volviendo sus propias vidas por sí mismas deleitables” –Aristóteles 1

Todo aquel que lucha lo hace por obtener una victoria, de no ser así todo esfuerzo no tendría sentido. Pero ningún competidor está seguro de su victoria, pues nadie conoce el futuro como para creer que la pelea es mero trámite para ser coronado vencedor. Por eso todos luchan a su máxima capacidad, para poner a prueba su destreza y tener una oportunidad de saborear el triunfo: de ser el vencedor.

En el reino de los cielos las cosas son distintas. Los que han sido llamados a ser parte de este reino tienen una promesa inconmovible: la victoria ya es suya. En esta pelea, y de manera asombrosa, Dios nos ha dejado conocer el futuro y el fin de todas las cosas. Todo esfuerzo que hagamos y cada batalla que peleemos nos acercan a la victoria. En otras palabras, para el cristiano la victoria es segura.

Para muestra tenemos a Josué. Dios le dijo con antelación cual sería el resultado de su esfuerzo: Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie. (…) Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. (…) Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas. (Josué 1:3, 5, 9). Esto y nada menos que esto es un más que vencedor.

Tan cierto como que Dios no miente es el hecho de que tenemos una herencia en los cielos: “En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,” (Efesios 1:11). Y así como Dios alguna vez juró por sí mismo para dar por ciertísima su palabra (Génesis 22:15-17), también nos ha dado en prenda algo como anticipo de nuestra herencia que tenemos guardada en los cielos: esta garantía es el Espíritu Santo: “y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.” (Efesios 1:13b-14). ¿Qué, pues, diremos a esto? No nos queda más que exclamar como Pablo: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31b).

Muchos cristianos se preguntan si serán de los que llegarán al cielo. El gigante de la duda se alza por encima del que no ha comprendido la voluntad de Dios. Él no nos salvó para un rato, sino por toda la eternidad. No nos queda más que hacer nuestras las palabras de Dios a Josué: Esfuérzate y sé valiente (Josué 1:6)

Y nada mejor que la propia Biblia para reafirmar lo dicho: “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 8:31-39).

El cristiano es un vencedor, un más que vencedor.

“a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.” (Hebreos 6:12)

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1. “Ética nicomaquea”, Aristóteles. Libro I

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