Los fieles de Cloé


“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas.” (1 Corintios 1:10-11)

Cosas extrañas sucedían en Corinto en ausencia del apóstol Pablo. La iglesia estaba fuera de orden e incurriendo en pecados. Casi irremediable el caos que se daba, pero la historia de la iglesia de Corinto dio un giro. No fue gracias a un milagro, pues los milagros son manifestaciones sobrenaturales cuando la capacidad humana termina. La Escritura dice: “Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé…” (1 Corintios 1:11a). Si acaso hubo un “milagro” no provino del cielo, sino de la fidelidad de los cristianos de Cloé. Ellos fueron los que informaron al apóstol Pablo del caos reinante en Corinto.

La fidelidad está perdida. Esta hermosa virtud ha sido nublada por una cobardía matizada de prudencia. En el ámbito de las virtudes ninguna puede contradecir a otra. No podría la prudencia inhibir la valentía o el celo, pues las virtudes son en sí mismas acciones perfectas. Alguna otra excusa tendrán que buscar los cobardes para no tomar su responsabilidad cuando son testigos de los malos actos de otros.

La fidelidad es una virtud. Consiste en ser hombres sinceros, honestos y amantes de la verdad. Fiel es el hombre libre de pretensiones e hipocresía, no buscando lo suyo propio sino lo verdadero y por tanto el bien del otro.

La cobardía es el pecado por el cual los hombres encubren los pecados de otros. La gente prefiere serle fiel a su cobardía antes que a sus hermanos. Creen que en todo momento es Dios el responsable de juzgar el pecado, pues “Él conoce todas las cosas, ya los juzgará”. Y en efecto Dios descubre los corazones de los hombres, pero quien es testigo de un pecado debe tener por seguro que Dios pone en sus manos la responsabilidad de amonestar a su hermano. Dios no es ocioso, todo lo revela con un propósito, y el propósito somos nosotros.

Amonestarnos cuando algo anda mal es una manifestación de amor verdadero. “Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros.” (Romanos 15:14). Dios no quiere policías en su iglesia, sino gente con amor sincero. “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” (1 Juan 3:18). Los fieles de Cloé vieron el fruto de su amor cuando la iglesia de Corinto fue contristada para bien. Para los que recibieron la reprensión con buen corazón, los de Cloé fueron muy amados; pero para los corazones malos fueron los chismosos y entremetidos. Aquel que vive para honrar la verdad tiene en poco la manera en que se le juzgue.

“Que el justo me castigue, será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo que no me herirá la cabeza;” (Salmos 141:5)

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