Los valientes de David


“…y sacaron agua del pozo de Belén que estaba junto a la puerta; y tomaron, y la trajeron a David; mas él no la quiso beber, sino que la derramó para Jehová, diciendo: (…) ¿He de beber yo la sangre de los varones que fueron con peligro de su vida? (…) Los tres valientes hicieron esto.” (2 Samuel 23:16-17)

De todas las virtudes, quizás la valentía sea la más admirada. Todos alaban al valiente aunque pocos sigan su ejemplo. Esto es una paradoja, pues siendo de las virtudes la más loada también es la más rehuida. En el ejército de David había miles de personas, pero la Biblia se toma el tiempo para resaltar la actitud de poco más de treinta hombres a los que llama “los valientes de David” (2 Samuel 23:8-39). Y por si fuera poco, de entre esos había tres que sobrepasaban a todos en valentía (2 Samuel 23:19). ¿Será posible que en la iglesia contemporánea encontremos hombres y mujeres con tal virtud?

Valiente es el que enfrenta lo que debe, aunque le tema, del modo y en el momento debidos. La impulsividad, el arrebato y la temeridad se suelen confundir con valentía pero más bien son extremos que no son dignos de admirar ni imitar.

La valentía implica dejar de mirarse uno mismo y debe ser por eso que es escasa. Actuar por arrebato e impulsivamente es fácil pero eso no conlleva valentía, pues el valiente calcula el costo de sus decisiones antes de actuar y se mueve guiado por principios aunque el resultado pudiera costarle la propia vida. El valiente actúa con premeditación, entendiendo que la consecuencia de su valor pudiera no serle favorable.

Es esta valentía la que condujo a los tres hombres de David hasta el pozo de Belén; la que motivó a Josué y Caleb a reconocer la tierra de Canaán (Números 14:6-9); la que llevó a Pablo a Jerusalén (Hechos 21:13); la que impulsó a Priscila y Aquila a exponer su vida por el apóstol (Romanos 16:3-4); y la misma que conducirá a la gloria a todos aquellos que pongan el honor de Dios antes que su propia vida: “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.” (Apocalipsis 12:11).

El valiente que pelea las batallas de Jehová sabe que cuando deje sembrada su vida en el campo de batalla no será sin fruto ni propósito. Como dijera Tertuliano: “Segando nos sembráis: más somos cuanto derramáis más sangre; que la sangre de los cristianos es semilla.” (Apologeticum, Cap. 50).

La valentía –como todas las virtudes– se aprende. Nadie nace con la frente en alto. Si alguno busca afirmar su rostro como el león, debe menoscabar su propia cobardía y deslustrar su pusilanimidad.

“Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.” (2 Corintios 4:11)

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