Los días de Gedeón


“Entonces Jehová dijo a Gedeón: Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos; y váyase toda la demás gente cada uno a su lugar.” (Jueces 7:7)

La historia de Gedeón es un ejemplo de lo que unos pocos pueden hacer cuando ponen su confianza en Dios. Algunos toman esta historia para hacer énfasis en la elección de Dios para con unos pocos y con esos cumplir su obra. Después de todo nuestro Dios puede salvar con muchos o con pocos, y pareciera que tiene preferencia por los pocos (1 Samuel 14:6). Pero hay un aspecto que no debemos pasar por alto, y es el que Dios no hace una elección arbitraria sino bien pensada.

Los “filtros” que Dios puso para formar su ejército de trescientas personas no sólo recaen en su santa voluntad, sino también en el compromiso de aquellos que le quieren seguir. Tal vez deberíamos preguntarnos el por qué Dios no quiso tomar en cuenta a más de treinta mil personas –31,700 para ser exactos (Jueces 7:3, 6)– en un momento en donde los números hubieran sido un factor decisivo para ganar una batalla. La Biblia nos da la respuesta.

Tan bien conoce Dios el corazón de los hombres, que podemos entender cómo la propuesta de volver atrás iba calculada con precisión perfecta, o mejor dicho divina: “Ahora, pues, haz pregonar en oídos del pueblo, diciendo: Quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase desde el monte de Galaad. Y se devolvieron de los del pueblo veintidós mil, y quedaron diez mil.” (Jueces 7:3). Tan pronto como Dios pone sobre la mesa la alternativa de no ir a la batalla, entonces un montón de cobardes –22,000 para ser exactos– salen huyendo cada uno a su casa. Dios quiso ser diplomático, no los corrió; solo les abrió la puerta y salieron huyendo. Estos no le servían. Hasta Gedeón se tuvo que haber sorprendido al ver como más de la mitad de su ejército –el 68.75% para ser exactos– eran una panda de medrosos.

Luego entonces parecía que los que quedaban eran los indicados, pero no era así. De entre esos diez mil Dios entresacó a trescientos “que lamieron llevando el agua con la mano a su boca” (Jueces 7:6). Algunos creen que esto fue una señal que sacó a relucir el carácter, pues los que así bebieron demostraron que podían seguir atentos y alertas con todo y que la sed era apremiante, algo digno de un guerrero. Pero a ciencia cierta no podemos saber que significó esto y que probó Dios en el corazón de estos hombres, de lo que sí podemos estar seguros es de que Dios es soberano. Yo creo que en esta historia se conjugan la voluntad de Dios con el compromiso de su pueblo, o dicho de otra forma: con lo que hay en el corazón de sus siervos.

La iglesia contemporánea será depurada tal como en los tiempos de Gedeón. Lo que Dios mire en el corazón de cada uno de nosotros será decisivo, pues claro está que son más los que se regresan solos que los que Dios regresa. Indiscutiblemente las Escrituras marcan el camino.

“Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él.” (2 Crónicas 16:9a)

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