¿Qué es tomar la cruz?


“Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27)

Discípulos de un maestro

En los tiempos del Señor Jesucristo estaba bastante claro el significado de la palabra “discípulo”. Un discípulo era uno que aprendía ciencia, arte o doctrina de su maestro. Filósofos griegos como Sócrates, Platón y Aristóteles son una buena muestra del significado de la palabra “discípulo”. Aprender la doctrina del maestro dependía de qué tan allegado se estuviera a él, sobre todo en aquellos días donde los medios de comunicación estaban muy limitados.

Un buen ejemplo de lo importante que era no perder la pista del maestro lo encontramos en Sócrates. Éste filósofo no escribió obra alguna, de tal modo que toda su doctrina la conocemos de su discípulo Platón, y de Aristóteles, quien a pesar de no haberlo conocido directamente lo menciona a lo largo de sus escritos.

Para un discípulo, aprender todo lo posible de su maestro se basaba en la voluntad de permanecer a su lado.

Discípulos del gran Maestro

Jesús no estaba bromeando cuando dijo: “El que no lleva su cruz, y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. ¿Qué clase de maestro pediría una disposición voluntaria al martirio como condición de seguirlo? Y no solo eso, si leemos los versículos que anteceden a esta declaración encontramos algo muy radical: “Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.” (Lucas 14:25-26).

En toda la historia no hay afirmación más radical que esta. Jesús estaba diciendo lo siguiente: “Si no soy el primer lugar en tu vida de tal manera que tu amor por otros, comparado con el que me profesas, parezca aborrecimiento, no puedes ser mi discípulo. Y si no aborreces aún tu propia vida, no eres digno de mí”.

Las demandas del Señor Jesucristo sobrepasan a las de cualquier maestro de la antigüedad. Al día de hoy aún resuenan en la conciencia de todo aquel que quiere seguirle para ser llamado cristiano. Debemos de analizar en qué consiste este llamado pues si alguno no viene a Cristo entendiéndolo, sin duda está destinado al fracaso.

Una decisión racional

Jesús hizo mención de sus demandas en más de una ocasión. Ciertamente Él no estaba interesado en atraer grandes multitudes, sino gente que entendiera su llamado para vivir conforme la más grande vocación en esta tierra: ser un discípulo suyo. Los evangelistas Mateo y Marcos también dejaron constancia de que Jesús hizo énfasis en estas palabras:

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.” (Mateo 16:24-25)

“Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará.” (Marcos 8:34-35)

“Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará.” (Lucas 9:23-24)

Los tres evangelistas retratan un Jesús exigente y nada emotivo cuando se trataba de poner claro el camino a la vida eterna. Un camino que Él mismo vino a trazar con su vida, muerte y resurrección.

La emotividad está ligada a los seres humanos pues nuestra naturaleza incluye la sensibilidad. Pero no es la emotividad la que nos debe llevar a tomar decisiones sino la racionalidad. Jesús sabía esto muy bien, por eso instaba a las personas a calcular los gastos antes de querer seguirlo.

Hasta aquí resaltan tres cosas. Las demanda de Cristo podemos desglosarla así: negación a uno mismo, ir en pos de Él, tomar la cruz cada día. ¿Qué son estas tres cosas?

La demanda de Cristo

Niégate a ti mismo

La auto negación podemos entenderla como un renuncia al egoísmo. No es simplemente una renuncia al yo, sino aborrecer al hombre egoísta que somos, que deja fuera a Dios de su vida. No se puede seguir a Cristo si no hay un aborrecimiento total de los intereses que no se conforman a la voluntad de Dios. Para entenderlo mejor, podemos decir que negarse a uno mismo implica lo siguiente:

  • Renuncia inmediata a los pecados
  • Negarse a las pasiones pecaminosas
  • Renunciar a la vanagloria
  • Dejar las metas personales que no se sujetan a la voluntad de Dios
  • Negarse aún en cosas lícitas por amor a Dios y al prójimo

Un ejemplo muy atinado es de los atletas olímpicos. Cuántos jóvenes renuncian a los placeres  de la vida por consagrarse al deporte. Si un atleta puede renunciar aún a cosas lícitas por cumplir el sueño de colgarse una medalla, cuánto más aquellos que anhelan gloria, honra e inmortalidad.

Ven en pos de mí

El llamado es a ir en pos de Cristo, no en pos de los milagros, sanidades, dones, ministerios o cualquier otra añadidura. Mucho menos a ir en pos de prosperidad económica o simplemente por no irte al infierno.

Es muy significativo que uno de los acontecimientos previos a esta declaración fue la alimentación de una gran multitud. Jesús sabía que la gente lo buscaba porque se llenaban el vientre, no porque creyeran en Él. Jesús dijo: “Ven en pos de mí”.

Ningún atractivo físico había en Cristo, sino su vida y autoridad con la que enseñaba. Los discípulos no tardaron en darse cuenta de que el nazareno no era un hombre cualquiera. Que aquel hombre de Galilea portaba en su humanidad una esencia divina.

Tal era el poder de Cristo que Pedro no pudo contenerse cuando Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16:15-16). Ninguno que fuera sensible a esta clase de poder podía quedarse pasivo. Los verdaderos discípulos siguen a Cristo por lo que él es.

Toma la cruz

Sin embargo, la grandeza de la revelación de Pedro fue acompañada con otra igual de asombrosa: “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día.” (Mateo 16:21).

Quedarse anonadado con semejante ejemplo de poder y autoridad no era difícil. Solo un acérrimo opositor de Cristo podía blasfemar contra esa luz. Si la emotividad fuera un requisito para el discipulado muchos lo hubieran conseguido. Pero juntamente con la revelación de su majestad, Jesús se vio obligado a mover la mirada de los discípulos a la cruz por medio de la proclamación de sus futuros sufrimientos.

“Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27). Jesús no buscaba embelesar a la gente, sino poner de frente el sacrificio que todo ser humano debe hacer si está dispuesto a seguirle.

Ninguna cruz es espiritual. La cruz a la que Cristo se refería era la cruz de su afrenta y martirio. Tomar la cruz es un sacrificio continuo, voluntario, y por amor. Es una decisión racional, no emocional. Querer y hacer lo correcto considerando la buena voluntad del Señor. Es una disposición al sufrimiento. Cada día se muere a uno mismo, por tanto cada día se toma la cruz.

La cruz también representa la vergüenza y el menosprecio público. El ser tenido como malhechor a pesar de ser justo. Si un cristiano –o uno que pretende serlo– no se arma de este pensamiento está destinado al fracaso. La Escritura no podía ser más clara con textos como estos:

“Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” (Filipenses 1:29)

“Porque mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal.” (1 Pedro 3:17)

Muchos predican la herejía del Cristo sin cruz, pero igual de malvado es predicar una cruz sin Cristo. La cruz tiene suma atracción porque el Hijo de Dios fue inmolado en ella. Solo aquel a quien el amor de Dios le ha sido revelado puede notar el atractivo de la cruz. Para tales personas no hay precio demasiado alto que no se pueda pagar por seguir al Maestro.

“Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.” (Juan 12:31-33).

La lápida del fracaso

La única razón por la que una persona fracasa en su intento de hacerse cristiano es por no entender a qué le está llamando Cristo. El que no calcula bien los gastos se irá a la tumba con una lápida de fracaso.

“Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar.” (Lucas 14:28-30)

Y aunque Jesús nos hizo la solemne advertencia de reflexionar antes de seguirle, el que verdaderamente entiende el amor de Aquel que murió en la cruz no se la piensa dos veces. Un  sincero Amén es su respuesta.

Si tú eres de las personas que mira el llamado como algo difícil o gravoso, es porque no has conocido el amor de Dios.

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20)

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