Cómo ocuparse de la salvación


sunburst

“ Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12)

Hay una cosa por la cual los verdaderos cristianos trabajan incansablemente. Según nuestro texto base, el ocuparnos de la salvación es un asunto prioritario. Entendemos por ocupación el dedicar parte de nuestro tiempo, dinero y esfuerzos por alcanzar algo. Si el cristiano busca la gloria, honra e inmortalidad, ¿cómo podemos ocuparnos para finalmente alcanzarlo? Llegar a la meta, llegar al final, obtener la salvación eterna es el anhelo de todo aquel que quiere caminar con Dios.

El oficio u ocupación de un cristiano tiene que ver con su propia salvación y la de otros. La palabra “ocupación” empleada en el texto anterior significa trabajar plenamente, conseguir o lograr algo. Aquel que practica algún arte u oficio sabe que tiene que ocuparse de ciertas cosas para poder desempeñar bien su labor y conseguir lo que anhela. Asimismo, el cristiano siempre debe tener claro cual es la mejor forma de ocuparse de su propia salvación y la de otros.

Dar o recibir

El cristianismo bíblico es la mejor forma de vida. Vivir las enseñanzas de Cristo va más allá de simplemente no pecar. En aquel día, Dios no nos va a preguntar cuales pecados dejamos, sino qué bien hicimos. Ser cristiano no es sinónimo de dejar de hacer cosas vergonzosas, sino de practicar el bien (virtud) que nos enseño Cristo. El abstenerse de todo mal sin ser una persona útil y de bendición mas bien es sinónimo de una vida pasiva que Jesús no enseñó.

El apóstol Pablo dijo una vez: “En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir. (Hechos 20:35). La frase que cita el apóstol no aparece en los relatos de los evangelios. Ningún evangelista cita textualmente esas palabras, pero esto no quiere decir que Jesús no lo halla dicho. Forma parte de una serie de dichos o enseñanzas de Jesús que quedaron como parte de la tradición oral de los discípulos. Si se hubieran escrito todas las palabras y los hechos de Cristo, en el mundo no cabrían los libros que se habrían de escribir.

Sin embargo, la vida del Maestro dejó bien grabada la frase que cita el apóstol Pablo: Más bienaventurado es dar que recibir. Jesucristo nunca vivió pasivamente. El Maestro se ocupó de su propia salvación y de la de todo el mundo. Toda una generación fue testigo de esto. Jesús se encargó de alumbrar e impactar con su vida la conciencia de muchos y esto produjo que siguieran sus pasos.

Los apóstoles fueron los encargados de diseminar la verdad que les había sido revelada. Nadie mejor que ellos para realizar esta labor. La primera iglesia quedó a su cargo. Todos haremos bien en mirar el estilo de vida que –siguiendo los pasos de Cristo– ellos impulsaron.

La primera iglesia

De acuerdo al capítulo dos del libro de los Hechos, el día que Pedro predicó por primera vez se convirtieron cerca de 3,000 personas. Era gente que provenía de todos los rincones del mundo.  Se habían reunido para celebrar la fiesta de Pentecostés. Tal fue el impacto de la predicación que se arrepintieron de todo corazón, creyeron en el Señor y se quedaron en Jerusalén para ser ministrados por los apóstoles y discípulos de más tiempo. Aquí comenzó la primera iglesia y el reto de demostrar el verdadero cristianismo. Los residentes de Jerusalén tuvieron que recibir a los recién convertidos, incluso familias completas pues no tenían dónde quedarse. Era momento de demostrar el verdadero amor. El proceder de esta primera iglesia es algo digno de imitar.

41 Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. 42 Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. 43 Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. 44 Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; 45 y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. 46 Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, 47 alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.” (Hechos 2:42-47).

Los primeros cristianos en verdad se ocupaban de su salvación y de la otros. Muchas cosas resaltan en este texto, las cuales vamos a estudiar.

Perseveraban en la doctrina de los apóstoles.- Perseverar significa adherirse, estar firmemente atento, prestar atención incesante hacia una cosa. La doctrina de los apóstoles no era otra cosa que las palabras de Cristo. Nadie que quiera ser cristiano puede desviar su atención de la verdadera doctrina. Apegarse a la doctrina verdadera implica dejarse gobernar por la Biblia y el consejo de quienes la dominan y la practican.

Una palabra debe considerarse hasta aquí: radicalidad. Las reformas extremas deben sobresalir en la vida de toda persona. Todas las decisiones que se deban tomar por vivir cada día en una mayor conformidad a la doctrina verdadera no deben postergarse.

…en la comunión unos con otros.- El compañerismo era un distintivo de esta iglesia. No era un club social con relaciones superficiales. Eran una verdadera familia. Todos se ayudaban mutuamente, se amaban, se consolaban y algunas veces se reprendían. Todo dentro de los márgenes del amor cristiano.

…el partimiento del pan.- La frase hace referencia a la Cena del Señor, la cual era precedida por una comida común. Se juntaban a comer juntos y remataban con una celebración de la Santa Cena. Recordaban todos los días la muerte de su Señor.

…perseveraban en las oraciones.- En aquel entonces había iglesias en las casas. Los primeros discípulos no solo se juntaban a orar en el templo, sino todos los días en sus casas.

…estaban juntos y tenían en común todas las cosas.- Los residentes de Jerusalén pusieron a disposición de todos sus bienes para sustentar a los recién convertidos. Ninguno decía ser suyo nada. En verdad permanecían juntos, en un mismo lugar. Toda la ciudad era territorio de los cristianos.

…y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.- No había necesitados entre ellos, pues durante esta emergencia algunos llegaron al extremos de vender sus posesiones para aliviar la necesidad apremiante. Su amor era práctico, no un mero sentimiento.

Perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas comían juntos con alegría y sencillez de corazón.- La unanimidad no es don, sino una decisión. Es ponerse en sintonía con todos, ser de una misma mente y buscar un mismo propósito. Tal estado del alma daba como resultado que buscaran estar todos los días juntos para orar, platicar y comer con el distintivo sello de la sencillez de corazón.

…alabando a Dios.- Las reuniones de adoración eran algo común. Los discípulos se juntaban para cantar y ofrecer acción de gracias. En realidad se juntaban para lo mejor.

…y teniendo favor con todo el pueblo.- El distintivo del cristiano es el hacer misericordia. El cristiano se siente deudor no solo a Dios, sino a todos los hombres. A todos les debe el mismo amor que recibió de su salvador.

Los impostores

Como siempre ha pasado, hay personas que quieren participar de la vida de la iglesia sin dar todo a cambio. Tal fue el caso de Ananías y Safira.

1 Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad, 2 y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. 3 Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? 4 Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. 5 Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. 6 Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron. 7 Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. 8 Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto. 9 Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti. 10 Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. 11 Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.” (Hechos 5:1-11)

Ananías y Safira con el claro ejemplo de hipocresía. Personas que no amaban a Cristo, sino su sola reputación. Estas personas rompieron con la santidad que gobernaba en la iglesia al mentir queriendo dar una apariencia de piedad. Tales personas no llegarán lejos en sus pretensiones.

Una huella en la historia

Los cristianos siempre fueron conocidos como personas allegadas a los necesitados. Como muestra, tenemos el testimonio del Emperador romano Juliano (331 – 363 d.C.). Este hombre no era aliado del cristianismo, sino un acérrimo opositor. Comúnmente llamaba ‘ateos’ a los cristianos, en un intento por denostar su fe monoteísta y libre de imágenes paganas.

En unos de sus escritos, lo que hubiera sido una afirmación en contra de los cristianos, resultó ser un halago: “El ateísmo (cristianismo) ha progresado en especial por el servicio cariñoso dado a los extraños, y por el cuidado de ellos en el entierro de los muertos. Es un escándalo que no haya un solo judío que sea pordiosero, y que los galileos, que no tienen dios, cuidan no solo de sus propios pobres sino de los nuestros también; mientras que los que nos pertenecen acuden en vano a nosotros en busca del auxilio que debíamos prestarles.”

Eusebio de Cesarea (275 – 339 d.C.), un historiador romano, narra cómo se comportaban los cristianos y los paganos de su época durante la peste en Alejandría, una de las pandemias más devastadoras en la historia: “Por lo menos, la mayoría de nuestros hermanos, por exceso de su amor y de su afecto fraterno, olvidándose de sí mismos y unidos unos con otros, visitaban sin precaución a los enfermos, les servían con abundancia, los cuidaban en Cristo y hasta morían contentísimos con ellos, contagiados por el mal de los otros, atrayendo sobre sí la enfermedad del prójimo y asumiendo voluntariamente sus dolores. Y muchos que curaron y fortalecieron a otros, murieron ellos, trasladando a sí mismos la muerte de aquellos. (…) Los mejores de nuestros hermanos partieron de la vida de este modo, presbíteros -algunos-, diáconos y laicos, todos muy alabados, ya que este género de muerte, por la mucha piedad y fe robusta que entraña, en nada parece ser inferior incluso al martirio. Y así tomaban con las palmas de sus manos y en su regazos los cuerpos de los santos, les limpiaban los ojos, cerraban sus bocas y, aferrándose a ellos y abrazándolos, después de lavarlos y envolverlos en sudarios, se los llevaban a hombros y los enterraban. Poco después recibían ellos estos mismos cuidados, pues siempre los que quedaban seguían los pasos de quienes les precedieron. En cambio, entre los paganos fue al contrario: incluso apartaban a los que empezaban a enfermar y rehuían hasta a los más queridos, y arrojaban moribundos a las calles y cadáveres insepultos a la basura, intentando evitar el contagio y compañía de la muerte, tarea nada fácil hasta para quienes ponían más empeño en esquivarla.” 1

Richard Wurmbrand, un cristiano que evangelizó en Rumania durante la dictadura comunista, narra en su libro “Torturado por Cristo” el diario vivir de los cristianos en las cárceles comunistas: “En las cárceles comunistas he visto cristianos arrastrando con los pies cadenas de 25 kg., torturados con atizadores al rojo vivo y en cuyas gargantas habían forzado cucharadas de sal para luego negárseles el agua. Hambrientos, azotados, sufriendo frío y orando con fervor por los comunistas. ¡Esto es humanamente inexplicable! Es el amor de Cristo que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.

Mas tarde, los comunistas que nos habían torturado, también cayeron en prisión. Bajo el régimen comunista, los mismos comunistas, aun jefes y gobernantes, van a parar a menudo a la cárcel, al igual que sus adversarios. En esos momentos, torturados y torturadores compartíamos una misma celda. Mientras los no creyentes demostraban todo su odio contra sus ex inquisidores y los golpeaban, los cristianos los defendían aun a riesgo de ser golpeados y acusados de ser cómplices con los comunistas. He visto a cristianos que daban el ultimo trozo de su pan (nos daban en aquel tiempo solo una tajada por semana), y la medicina que podría salvar sus vidas, a alguno de sus torturadores, comunistas enfermos, que en ese momento era compañero de prisión.” 2

————-

1. “Historia Eclesiástica”. Eusebio de Cesarea. Libro VII. “Acerca de la peste que tuvo lugar en Alejandría” pág. 249 – 250

2.  “Torturado por Cristo”. Richard Wurmbrand. Capítulo cuatro

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s