La parábola del sembrador


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“Y éstos son los que fueron sembrados en buena tierra: los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a sesenta, y a ciento por uno.” (Marcos 4:20)

Una parábola es la narración de un suceso ficticio del cual se deduce, por comparación o semejanza, una enseñanza moral. Las parábolas de Jesús tienen como propósito explicar doctrinas espirituales comparándolas con cosas naturales o cotidianas. Jesús abría su boca en parábolas para enseñar a las personas las verdades del reino. Él estaba interesado en explicar de manera sencilla las cosas que Dios tiene en su corazón.

La parábola del sembrador tiene la particular característica de que Jesús mismo dio su interpretación. Podemos estar seguros de entenderla tal cual Dios quiso que se entendiera. Además, es una parábola muy importante, pues Jesús mismo dijo a sus discípulos: “¿No sabéis esta parábola? ¿Cómo, pues, entenderéis todas las parábolas?” (Marcos 4:13).

Leamos completa la parábola del sembrador para analizar cada uno de los elementos que Jesús usó para transmitir su doctrina:

1 Otra vez comenzó Jesús a enseñar junto al mar, y se reunió alrededor de él mucha gente, tanto que entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y toda la gente estaba en tierra junto al mar. 2 Y les enseñaba por parábolas muchas cosas, y les decía en su doctrina: 3 Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar; 4 y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. 5 Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. 6 Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. 7 Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. 8 Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno. 9 Entonces les dijo: El que tiene oídos para oír, oiga.” (Marcos 4:1-9)

Sembrador, semilla, tierra

Hay tres componentes principales en esta parábola: un sembrador, la semilla y la tierra. Ya sabemos que Jesús mismo interpretó la parábola, pero nosotros debemos poner suma atención a cada elemento pues el fin de la enseñanza es retratar lo que todos los días acontece en las iglesias, en esos lugares de reunión donde la gente dice buscar de Dios.

Ahora leamos la interpretación, pues en ella está la verdad revelada por Dios mismo.

14 El sembrador es el que siembra la palabra. 15 Y éstos son los de junto al camino: en quienes se siembra la palabra, pero después que la oyen, en seguida viene Satanás, y quita la palabra que se sembró en sus corazones. 16 Estos son asimismo los que fueron sembrados en pedregales: los que cuando han oído la palabra, al momento la reciben con gozo; 17 pero no tienen raíz en sí, sino que son de corta duración, porque cuando viene la tribulación o la persecución por causa de la palabra, luego tropiezan. 18 Estos son los que fueron sembrados entre espinos: los que oyen la palabra, 19 pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa. 20 Y éstos son los que fueron sembrados en buena tierra: los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a sesenta, y a ciento por uno.” (Marcos 4:14-20)

El sembrador y la semilla

Lo que es para la parábola el sembrador y la semilla son para el reino de los cielos Jesús y su palabra. Hay quienes hacen extensiva esta aplicación a todo predicador que enseña las verdades del evangelio. En otras palabras, un sembrador es todo aquel que predica, enseña, aconseja y ministra la palabra de Dios.

No podemos negar que efectivamente se puede aplicar de esta manera los elementos del sembrador y la semilla, pero el contexto en el que se desarrollaron los hechos era Jesús mismo el que se estaba aplicando esa figura: la de un sembrador que pasa por los campos arrojando su semilla esperando quien la reciba y dé fruto. Perder de vista esto es quitarle fuerza a la parábola, porque no es precisamente un hombre que predica el evangelio el que es dueño de la palabra de verdad, sino Dios mismo el que pasa por las iglesias usando predicadores para arrojar su preciosa semilla.

Dios es quien siembra la palabra. Es totalmente secundario si usa a hombres y mujeres para esta labor. Es el Espíritu Santo quien comunica a las personas la verdad que debe ser abrazada o rechazada.

La tierra

La tierra son personas. Y aquí es importante mencionar que Jesús encuadró a todas las personas en solo cuatro segmentos: los de junto al camino, los que tienen pedregales, los que están llenos de espinos y abrojos y los que son tierra fértil. Todo hombre encaja en uno de estos cuatro tipos de tierra. O mejor dicho: entre aquellos que asisten a un lugar a escuchar el evangelio solamente hay cuatro tipos de personas, y hago énfasis en referirme a las iglesias porque no es el mundo el campo donde el sembrador salió a sembrar sino entre las personas que se agolpaban delante de él para escuchar el evangelio. El sembrador no está en el mundo sino en las congregaciones.

Así como cada campesino tiene el campo que quiere tener y de no ararlo y trabajarlo nadie más tendrá la culpa de su falta de fruto sino él mismo, así también las personas son responsables de su propia condición espiritual. Cada uno ha decidido ser el tipo de tierra que quiere ser.

El fruto

El problema de una tierra sin fruto, o de una persona sin fruto, no radica en el sembrador y la semilla sino en la persona misma. Es por eso que debemos analizar cual es la condición espiritual que Jesús quiso describir en las personas.

Los de junto al camino

Son personas tan indiferentes al evangelio que son como la tierra que por ser tan transitada está dura como para que la semilla penetre. Los caminos que bordean los campos de cultivo no son el lugar propicio para que la semilla dé fruto.

Este tipo de tierra representa a las personas que no tienen el mínimo interés por su alma y su destino final. Asisten a escuchar la palabra por compromiso, por mero formalismo o por no tener otra cosa mejor que hacer. Salen de las congregaciones para seguir su camino mundano y no preocuparse

Esta es la causa por la cual Satanás roba la semilla. No es precisamente porque tengan la desgracia o vivan el infortunio de encontrarse con aves de mal agüero de intenciones tan oscuras como las del mismo Satanás. No son víctimas del diablo, sino víctimas de su propia indiferencia. Esta es la clase de personas en las que el diablo encuentra la ocasión para quitar de ellos la verdad del evangelio.

Los que viven entre pedregales

Estos son la clase de personas que viven en una emotividad constante. Reciben la palabra con gozo mientras no hay problemas, tentaciones, pruebas o tribulaciones. Pero cuando su vida se ve rodeada de estas circunstancias queda demostrada su hipocresía.

Cuando todo está en calma tienen la apariencia de cristianos. Asisten a la iglesia, son puntales, van a los hospitales, predican el evangelio y hacen tantas cosas como su tiempo se los permita. Pero cuando vienen circunstancias donde tienen que dar su todo por causa de la verdad, entonces tropiezan y traicionan la verdad.

Lo más curioso es que aún después de su tropiezo se siguen creyendo cristianos. No obstante haber sido reprobados siguen pensando que son hijos de Dios. ¡Cuán difícil es ayudar a estas personas a ver su miserable condición! Creen más en sus experiencias extra sensoriales, a sus largos y prolongados ayunos, a sus cadenas de oración, a sus mil y una obras de caridad pero no echan a ver que su vida está reprobada por la sólida evidencia de sus dichos y sus hechos en contra.

Mientras la raíz de sus vidas no sea un profundo amor por Dios, tales personas jamás vivirán un cristianismo genuino. Así como los pedregales son campos sin mucha tierra, o aplicando la figura, no tienen la suficiente disposición para obedecer el evangelio. Su disposición alcanza solamente para escuchar algún consejo, pero no para más.

Los que son como espinos

Jesús tomó como figura a los espinos para referirse a los afanes, el engaño de las riquezas y las codicias necias. No es que estas cosas tengan que dejar de existir para que las personas puedan dar fruto para Dios, es la actitud de las personas a las presiones y los valores de nuestra sociedad lo que hace la diferencia entre una persona infructuosa y otra que hace la voluntad de Dios. Si en la época de Cristo había distracciones, hoy todo lo que te rodea está pensado para llamar tu atención.

La actitud con la que se abrazan o se rechazan los valores mundanos se responde con otra pregunta: ¿Dónde está tu tesoro? ¿Dónde está tu corazón? Jesús sentó un principio cuando dijo: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.” (Mateo 6:21)

Piensa cuántas veces el sembrador ha venido a sembrar en ti y cuántas veces te has negado a obedecerlo por amar a tus metas egoístas, a tus excesivo afán o a tu amor por las riquezas y tus codicias necias. Muchos encuadran en otra parábola de Jesús donde habló de un rico que amontonaba riquezas sin preocuparse de los necesitados y lejos de dar gloria a Dios y honrarlo con sus bienes se decía a sí mismo: “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.” (Lucas 12:19)

Las personas que viven en tal necedad deberían buscar la causa de falta de fruto en lo lejos que su corazón está de Dios.

La buena tierra

Así como la indiferencia es una decisión, también el tener una voluntad dispuesta es una decisión. Ser tierra fértil no ocurre solo. El dueño de un campo debe primero quitar los pedregales, la basura y romper la tierra arándola con fuerza para que pueda ser una tierra fértil. Esta es una labor ardua y que conlleva una decisión muy radical. No cualquiera está dispuesto a dar todo de sí para que la semilla pueda dar fruto.

No por nada el profeta Oseas clamaba: “haced para vosotros barbecho; porque es el tiempo de buscar a Jehová, hasta que venga y os enseñe justicia.” (Oseas 10:12b). El barbecho es una tierra que no ha sido sembrada durante años y por lo tanto no tiene las condiciones para ser sembrada. Barbechar o hacer barbecho es el acto de disponer una tierra para la siembra.

Si aplicamos este principio a lo espiritual, entonces hacer barbecho quiere decir disponerse a entender la voluntad de Dios, abandonar el egoísmo, quitar las excusas, los pretextos, las ideas humanistas y mundanas, reflexionar en tus muchos pecados y en el daño que han causado. Nada menos que eso te pondrá en la condición necesaria para encontrar a Dios y entender su palabra.

Lo más hermoso de esta clase de personas es que de manera natural darán fruto. Es una consecuencia natural. Dios no juega. No está sujeto a ningún otro factor el producir fruto, solamente a la condición de tener la actitud correcta para que la palabra pueda fructificar.

La semilla, o la palabra de verdad, en sí misma lleva poder. El poder de cambiar vidas, el poder de transformar el corazón o la mente, el poder de enseñarte a vivir como debes vivir, el poder de formar en ti un cristiano verdadero, el poder de ayudarte a resolver problemas, etc. La semilla de verdad no puede producir otra cosa sino eso: gente con su misma esencia.

Una condición por elección

Las personas deciden qué clase de tierra ser, o bien qué clase de personas ser. Es cuestión de entender y aplicarte tú mismo la parábola para que identifiques quién eres. Tú puedes cambiar de un estado a otro si eres honesto contigo mismo y con Dios. El deseo de Dios es que puedas dar fruto, ¿cuál es tu deseo? De acuerdo a tu decisión también será el fruto que estés dando.

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