La verdadera sujeción


“Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud.” (Lamentaciones 3:27)

Las historias de las Escrituras nos fueron dejadas para aprender de ellas. Dios es el mismo hoy y siempre. Si Dios se comportó de cierta forma bajo circunstancias específicas, podemos estar seguros de que al presente él hará lo mismo si ocurren acontecimientos similares. Solo cambia el tiempo y las personas. Después de todo “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.” (Eclesiastés 1:9). Más aún, los principios de Dios permanecen para siempre, y todo aquel que quiera adquirir sabiduría debe tomar en cuenta sus circunstancias presentes, luego los principios de Dios y actuar conforme a ellos.

El yugo de la afrenta

Lamentaciones es un libro poético escrito durante la cautividad de Judá en Babilonia. En él se relata lo que el pueblo vivió desde la perspectiva del profeta Jeremías. El profeta no solo se centra en detallar la desolación y gran oprobio de Judá, el asunto principal es el hablar cuál era la condición espiritual del pueblo que finalmente devino en su ruina. En otras palabras, Jeremías expone cuáles fueron los pecados de Judá por los cuales Dios los juzgó.

Más allá del pecado, el profeta también deja entre líneas principios muy claros. Uno de ellos es el pasaje con el que empezamos: Bueno le es al hombre llevar (soportar) el yugo desde su juventud (edad temprana).” (Lamentaciones 3:27). Este principio surge de su experiencia personal. Desde la perspectiva del profeta, él aprendió a llevar o soportar un yugo o carga que Dios le impuso desde joven: el yugo de la afrenta y la aflicción o de la pena y el sufrimiento.

La mezcla de estas dos cosas definitivamente no es algo que agrade a nadie y menos a los jóvenes, pero todos aquellos que son entrenados bajo estas circunstancias comparten la gloria de Dios mismo, de aquel que “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Filipenses 2:8b). Además el profeta añade que es algo bueno. La palabra hebrea traducida como ‘bueno’ también implica algo “apropiado, benéfico o de alta estima, aprecio o valor” 1. El profeta consideró como muy provechoso el que desde edad temprana fuera comisionado para llevar una gran responsabilidad: ser un profeta de Dios, o la boca de Dios en esta tierra.

El yugo de la sujeción

¿A quién no le agrada la idea de ser un profeta? ¿A quién no le gustaría oír la voz de Dios y tener que decir algo a la congregación? ¿A qué joven no le es atractivo tomar un rol de mayor responsabilidad en la iglesia? Supongo que de todos los dones y encomiendas que el Espíritu Santo tiene para sus hijos, el ser profeta, pastor, diácono o ejercer cualquier ministerio en la iglesia contemporánea no será algo despreciable. Pero si nos volvemos a las palabras de Jeremías, yo no creo que todos quieran traer el mismo yugo sobre sus hombros. También creo que cuando se considera ser un miembro útil en la iglesia –y cuando nos ilusionamos en ser grandes en el reino de los cielos– nunca nos detenemos a pensar en aquello que nos debería costar llegar a serlo.

En el yugo de la afrenta que cargó Jeremías, hay un componente que deberíamos aprender. Un ingrediente que no puede faltar. Algo que está implícito y que no debemos pasar por alto. Este componente es la sujeción. Jeremías dijo de sí mismo: “Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud. Que se siente solo y calle, porque es Dios quien se lo impuso;” (Lamentaciones 3:27 y 28). Detrás de la última frase podemos ver la aceptación con gozo de la voluntad de Dios. La palabra ‘callar’ denota una actitud humilde, no rebelde. Es la actitud contraria del que protesta o rezonga de aquello que se le impone.

Dios impone. Desafortunadamente le damos un mal significado a esa palabra. Para muchos imponer conlleva una arbitrariedad, y esto es un error. El significado llano de la palabra imponer es: “Poner una carga, una obligación u otra cosa. Instruir a alguien en algo, enseñárselo o enterarlo de ello” 2 . En una imposición no hay tintes de arbitrariedad, a menos que aquello que se imponga sea arbitrario en sí mismo. Cuánto más cuando aquel que impone está lleno amor y te pide algo por tu bien.

Soportar el yugo de la pena y el sufrimiento es imposible si no aprendemos primeramente la sujeción. Jeremías llevó con gozo su responsabilidad y pudo sobrellevar las situaciones adversas que vinieron tras su llamamiento. Pero en esta actitud no hay ningún misterio: Jeremías era un hombre sujeto. Primero aprendió la sujeción y luego pudo ser mártir.

La base de la sujeción

Si Jeremías estuviera entre nosotros seguro que tendría un montón de cosas que enseñarnos acerca de la sujeción, pero bástenos con estudiar sus palabras: “Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste;” (Jeremías 20:7a). “Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.” (Jeremías 20:9). La base de una relación en sujeción es un profundo amor entre ambas partes. Jeremías amaba demasiado a Dios como para rebelarse a su voluntad. Y desde luego que Dios amaba mucho a Jeremías como para dejarlo perderse.

La verdadera sujeción

En esto de la sujeción hay muchas ideas incorrectas. Todos aceptamos en nuestra mente la idea de vivir sujetos a Dios, pero definitivamente a Dios no lo vemos. Cuando se nos pregunta qué deberíamos hacer para vivir en sujeción a la voluntad de Dios, nuestra mente se dirige a cosas como guardar sus mandamientos, ser más devotos en nuestros deberes espirituales (estudio de la Escritura, oración, ayuno, etc.) y a veces rayamos en el misticismo formulando una serie de ideas que distan mucho de lo que Jesús y los apóstoles enseñaron en el Nuevo Testamento.

La mejor manera de medir nuestro nivel de sujeción es poniendo sobre la mesa nuestros hechos. Esa es la mejor evidencia. A Dios no lo vemos, pero sí tenemos cerca muchas personas  que nos aman, a las cuales sí vemos, y les debemos sujeción. La Biblia enseña: “Someteos unos a otros en el temor de Dios.” (Efesios 5:21). Bueno y provechoso nos es echar un vistazo a lo que Biblia misma enseña por sujeción. Nadie puede decir estar sujeto a Dios que no ve, si no se sujeta a su prójimo que sí ve.

¿A quiénes me debo sujetar?

Ante la pregunta de “¿A quiénes me debo sujetar?” la respuesta es sencilla: a todo aquel que te ame y te diga algo por tu bien. De ahí el mandamiento que dice “Someteos unos a otros en el temor de Dios.” (Efesios 5:21). Las evidencias del verdadero amor son muy claras y objetivas. Desde luego que sabemos reconocer el amor en aquellos que nos rodean.

Tendemos a pensar que solo debemos obediencia o sujeción a quienes se muestren como una autoridad en la iglesia, pero esto es una idea incorrecta pues el mandamiento no enseña eso. Los cristianos tienen tal grado de humildad que les lleva a reconocer el buen consejo y la amonestación de todo aquel que demuestra un interés por su bien.

Un par de preguntas que si respondes honestamente te ayudarán a conocer si realmente vives en sujeción:

  1. Cuando un hermano que no tiene algún cargo de autoridad te amonesta, ¿te sujetas a él?
  2. ¿Te sujetas a tus pastores? La Biblia dice: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso.” (Hebreos 13:17).

Dos bueyes aran mejor

Jeremías usó la figura de un yugo para referirse a las tareas que Dios le impuso. La realidad es que ese yugo lo llevó él solo, pues no tenía nadie más con quien llevarlo. Dios le dio una gracia muy especial. Pero te tengo una buena noticia: vivimos mejores tiempos. El yugo no tenemos por qué llevarlo solos.

Es sabido que para poder sembrar se debe arar la tierra para que sea fructífera. En los lugares donde no hay tractores se siguen usando bueyes. Una de las técnicas de los agricultores consiste en poner dos bueyes bajo el mismo yugo. Uno de ellos con más experiencia que el otro. Uno joven y otro viejo en cuanto a experiencia se refiere. Así cuando el buey viejo muriera, el más joven sería capaz de tomar su lugar y enseñarle a otro.

El ejemplo nos es muy útil para hablar de la sujeción. En la iglesia todos llevamos el mismo yugo, pero desde luego que hay quien lleva más experiencia que tú. Bien harías en sujetarte a esos en la iglesia que tanto te aman y quieren arar contigo, para hacerte alguien útil que después enseñe a otros.

Amo a mi Señor

Si aprendemos a arar juntos llegaremos más lejos. Si aprendemos a sujetarnos unos a otros, nuestro Amo y Dueño podrá encomendarnos cosas más grandes, de mayor peso, de mayor responsabilidad. Si nos sujetamos unos a otros en las cosas más sencillas podremos estar seguros que algún día también se nos concederá el privilegio de llevar el yugo de la pena y el sufrimiento en nuestros cuerpos.

A Dios nos debemos completamente. Él es nuestro Señor. Si no aprendemos a debernos a quienes nos aman jamás podremos vivir bajo el absoluto señorío de Cristo. Nada más hermoso que saber que somos de él.

En el Antiguo Testamento hay un ejemplo muy bonito de lo que implica el verdadero amor. Lo hallamos en el libro de Éxodo:

2 Si comprares siervo hebreo, seis años servirá; mas al séptimo saldrá libre, de balde. 3 Si entró solo, solo saldrá; si tenía mujer, saldrá él y su mujer con él. 4 Si su amo le hubiere dado mujer, y ella le diere hijos o hijas, la mujer y sus hijos serán de su amo, y él saldrá solo. 5 Y si el siervo dijere: Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre; 6 entonces su amo lo llevará ante los jueces, y le hará estar junto a la puerta o al poste; y su amo le horadará la oreja con lesna, y será su siervo para siempre.” (Éxodo 21:2-6)

El perfecto amor siempre conlleva una sujeción voluntaria. No hay comparación más atinada que la figura entre el esclavo y el amo. El esclavo llegaba a tal condición debido a una pobreza extrema. Muchas situaciones se conjugaban para llegar a tal situación. De esta forma, una alternativa era el hacerse esclavo de otro israelita. La ley mandaba vivir seis años bajo ese yugo pero al séptimo año estaba en su derecho de partir. Es aquí donde un esclavo podía tomar su derecho a la libertad o renunciar a ello por una sola causa: un profundo amor por su señor.

No hay que decir mucho para aplicar la figura a la vida de un cristiano y su relación con el Amo soberano.

El arnés del Señor

Dios está dispuesto a llevar de la mano a todo aquel que se dispone a olvidarse de sí mismo y de hacer su propia voluntad. Dios lo ha prometido, pero no hay promesa que no implique un compromiso del ser humano, y el compromiso es una renuncia al egoísmo. Así dice Dios: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos.” (Salmos 32:8). El compromiso de Dios está claro, pero él que conoce el corazón y la tendencia de los seres humanos añade: “No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti.” (Salmos 32:9). Dios ya dio todo para que podamos andar en sus caminos, la pregunta es si nosotros vamos a dejar nuestra voluntad en la suya. Que nuestro camino vaya marcado por una completa sumisión a aquellos que nos aman y a Dios.

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1. heb. tobe. http://www.studylight.org/lexicons/hebrew/hwview.cgi?n=2896

2. imponer. Diccionario RAE. http://dle.rae.es/?id=L5LrGP0

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3 comentarios en “La verdadera sujeción

  1. Hola bro, solo en el texto porque es Dios que se lo impuso pusiste entre paréntesis jeremías y es lamentaciones! Saludos y un abrazo lee con gusto todos tus estudios. Que bendición!

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