Todo es vuestro


“Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.” (1 Corintios 3:21-23)

La primera carta a los corintios nos relata la condición de una iglesia dividida. Las amonestaciones, consejos, órdenes e instrucciones de Pablo resuenan por toda la carta. Cuando no se está procurando la unidad hay divisiones. Las divisiones se manifiestan aún en las cosas más sencillas de la vida. La causa de tales divisiones era que los cristianos tenían una mente carnal cuando las circunstancias exigían ser más espirituales. Ese fue el diagnóstico de Pablo.

El objeto de la discordia eran los apóstoles mismos: “Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. (…) porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?” (1 Corintios 1:12, 3:3-4). No era que los apóstoles hubieran provocado la contienda, ni aún Cristo, pero cuando el corazón no quiere jalar parejo con sus hermanos el objeto de la discordia puede ser cualquier cosa, hasta los ministros que con tanto amor hacen su labor.

Desde luego que esto era un asunto que debía resolverse de raíz: una disposición a la unidad que debía provenir de corazones rectos y maduros, no carnales. Pero Pablo como buen juez pone delante de la iglesia la evidencia de su pecado con razones bastante lógicas y por tanto contundentes. “¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. (…) Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro (1 Corintios 3:5, 21).

Todo es vuestro: el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo porvenir y hasta los ministros que te guían. Si todo es vuestro entonces es muy insensato celar o envidiar lo que otro tiene, pues no entiendes que aún lo que el otro tiene también te pertenece. Pedro le pertenecía tanto a los judíos como a los gentiles. Pablo le pertenecía tanto a los gentiles como a los judíos. Gloriarse en los hombres a la manera que hacían los corintios evidenciaba la falta de entendimiento de un principio muy espiritual: que todo lo que Dios ha dado a la iglesia –incluidos los ministros– le pertenece a la iglesia y tiene el propósito de nutrirla y edificarla. El que entiende esto no puede andar celando a un ministro. Un principio espiritual bastante incomprensible para la mente carnal de los corintios.

Con tal argumento, los corintios no debían tardar en darse cuenta que el objeto de su contienda era un simple pretexto. Su problema no era un celo desmedido por los hombres, sino una gran falta de madurez que de no corregirse los llevaría a perderse.

La carta continúa tratando de hacer entender esta y otras cosas, pero vale la pena analizar lo que para un ministro significa el que pertenezca a la iglesia. Un hombre de Dios que no entienda que es posesión de la iglesia no cumplirá su vocación.

Desde luego que nadie pensaría –y tampoco lo estoy afirmando– que el ministro deba ser tratado como un objeto, pero el ministro que no esté dispuesto a llegar a ser tratado así terminará frustrado y amargado. Todo es vuestro, tu tiempo, tus fuerzas, tu dinero, tu familia y hasta tu vida le pertenece a las ovejas de Cristo.

El ministro ha sido puesto para dos cosas según el texto que venimos estudiando: “¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.” (1 Corintios 3:5-9)

Plantar y regar, dos cosas que van de la mano pero son tan distintas entre sí. Plantar consiste en arraigar a alguien en la verdad o bien ponerlo en la tierra correcta. Consiste en transmitir los principios correctos, instruir en el camino verdadero y exponer la sana doctrina. Regar es la actividad que te obliga a velar por que la planta crezca o bien cuidar que lo enseñado brote en el carácter de la persona. Consiste en amonestar, corregir y aconsejar para que las personas puedan tomar las mejores decisiones. Regar es empapar la mente de un discípulo con los principios enseñados.

La buena semilla por sí sola lleva fruto o bien tiene el potencial de producir algo bueno.  Estos son los cristianos, los que ya han sido lavados de sus pecados. Pero toda semilla, por muy buena que sea, se hace infructuosa si la labor del que planta y el que riega no es hecha con constancia y amor.

También todo aquél que planta y riega debe de entender que no todas las plantas crecen al mismo tiempo. Unas tardan más y otras menos, no hay una exactamente igual a otra. De aquí que la paciencia (perseverancia) sea una cualidad imprescindible en el carácter de un ministro.

Pablo continúa diciendo: “Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. (1 Corintios 3:7). Dios da el crecimiento, y es aquí donde entra la incompetencia nuestra. La labor del ministro es indispensable, pero el crecimiento lo da Dios. Es el Espíritu Santo el que termina la obra en el corazón de cada cristiano.

Nadie está más interesado en que los cristianos maduren y crezcan como Dios mismo. En esta labor nosotros somos colaboradores de Dios y servidores de la iglesia: “Porque nosotros somos colaboradores de Dios (…) Servidores por medio de los cuales habéis creído” (1 Corintios 3:9, 5). Es este último aspecto el que todo ministro o pastor debe hacer entrar en su mente: eres siervo de la iglesia y tu vida le pertenece a ella.

Siempre estoy agradecido con Dios por la oportunidad que me dio de ser colaborador suyo y siervo de los hombres, y a aquellos quienes han confiado en mi consejo y en mi más sincero amor les digo esto: todo es vuestro… y yo también.

“sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.” (1 Corintios 3:22-23)

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