Los buenos


“Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.” (Mateo 23:28)

En los días de nuestro Señor Jesucristo la opinión pública se encontraba dividida en cuanto a su ministerio. Unos decían que era una buena persona, otros que engañaba al pueblo. Sin importar cual fuera la opinión de las personas, Jesús siempre se mostró responsable y continuó con su labor hasta el final. Jesús tenía una meta clara: glorificar a su Padre.

Jesús reunía en su carácter todas las cosas de buen nombre: paciencia, misericordia, bondad, mansedumbre, templanza, compasión, humildad, etc. También mostraba otras cualidades como el celo y la indignación. Estas dos últimas no eran del agrado de todos pero sin ellas no se puede decir que una persona esté plena, completa o sea perfecta. Todas estas virtudes lo hacían una persona excepcional.

El ministerio del Señor Jesucristo buscaba reconciliar a los hombres con Dios, esto hacía que su mensaje y actitud tuviera contrastes. Mientras que a algunos les hacía hincapié en la fe y el perdón, a otros les reprochaba su incredulidad y falta de amor. No era una actitud voluble, sencillamente Dios trata a los hombres según lo que merecen de acuerdo a su condición espiritual. El trato de Dios siempre está sustentado en su justicia y misericordia.

Enemigos de la verdad

El Señor Jesucristo tenía opositores extremos. Podría parecer increíble el que una persona que portaba virtudes ya descritas fuera objeto de grande oposición, pero definitivamente una cualidad de la verdad es que ésta produzca reacciones incómodas. Si un mensaje no produce reacciones adversas entonces no es la verdad.

¿Quiénes eran estas personas? ¿Cuál era el perfil de las personas que rechazaron el evangelio? Los que se creían buenos sin serlo. “Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.” (Lucas 16:15).

Justos o pecadores

Delante de Dios solo hay dos estados o condiciones: o somos justos para Dios o somos pecadores delante de Dios. “Así será al fin del siglo: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos,” (Mateo 13:49). “Y dije yo en mi corazón: Al justo y al impío juzgará Dios; porque allí hay un tiempo para todo lo que se quiere y para todo lo que se hace.” (Eclesiastés 3:17). “Y: Si el justo con dificultad se salva, ¿En dónde aparecerá el impío y el pecador?” (1 Pedro 4:18).

Si bien es cierto que solo Dios conoce lo profundo del corazón, también es cierto que cada palabra y cada acto reflejan lo que hay en el corazón. Es un mito religioso el que las personas digan que Dios conoce su situación pero ellos no. A menudo no se atreven a decir si están bien o mal espiritualmente pues no se quieren enfrentar a su realidad. La verdad nos enseña la realidad de nuestra condición. Basta con compararse con las Escrituras para sabernos aprobados o reprobados.

Contradiciendo la evidencia

El problema comienza cuando las personas son deshonestas e intentan justificarse delante de los hombres contra toda evidencia. Estos son los que se creen buenos, y el Señor Jesucristo pronunció las palabras más severas contra tales personas. El evangelio es para las personas que en verdad reconocen su condición pecaminosa: “Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.” (Marcos 2:17).

El principal estorbo en el camino de la salvación lo tienen las personas que se creen buenas. Tales personas sustentan su supuesta bondad en que asisten regularmente a una iglesia, o que nacieron en cuna evangélica, en que no incurren en pecados socialmente inaceptables o bien en que son muy religiosos. Tal era el caso de los fariseos, los principales opositores de Cristo.

Hoy en día hay muchos fariseos entre nosotros. Personas que se justifican a sí mismos pero no hay piedad real en sus vidas. Cuando la verdad los confronta sacan excusas, alardean de sus muchas obras y tratan de evadirse. Esta es la peor actitud que una persona puede asumir: el tratar de enmascararse con un antifaz de supuesto cristianismo cuando la evidencia lo condena.

Dios es veraz

Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso, esto es un principio innegable aún en la mente de muchos religiosos, pero cuando se trata de aplicar en lo práctico este principio no todos están dispuestos a aceptar la verdad de Dios. El evangelio es efectivo porque enseña lo siguiente: “estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades;” (Romanos 1:29). Para alguien que está atestado de todo pecado, o bien como Cristo dijo, que es esclavo del pecado, el evangelio es lo mejor que le puede pasar.

El mundo sin Dios está bajo pecado: 10 Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; 11 no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. 12 Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” (Romanos 3:10-12). Mientras una persona no nazca de nuevo está bajo condenación. Esta es la verdad que todo pecador debería comprender.

Absteniéndose de pecados

Un pecado te lleva a evitar otro pecado. Cuando el impío de abstiene de pecar no lo hace por un verdadero amor a Dios, sino por egoísmo. Sabe que un adulterio, una fornicación o cualquier otro pecado escandaloso lo va a meter en aprietos. Por eso decide aguantarse las ganas y ser gratificado con pecados de otro tipo: cambia el adulterio y la fornicación por la codicia sexual; cambia el asesinato y el homicidio por la amargura y el enojo; cambia el robo por la avaricia; la hechicería por la rebeldía; la idolatría por el orgullo; y así siempre que quiera evitarse un problema.

Son esta clase de pecados internos los que se constituyen como una evidencia en contra del que se cree bueno. “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.” (Efesios 4:31). “Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.” (Santiago 3:16). “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.” (1 Timoteo 6:10). “Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación.” (1 Samuel 15:23a). “Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.” (Santiago 4:17).

Todos pereceréis igualmente

Las personas que se justifican a sí mismas, encuentran una de sus mejores excusas en que no han padecido juicios a la manera de otros pecadores. Creen que las tragedias solo les ocurren a las personas que en verdad son malas. Si a ellos no les acontece, entonces no son tan malos. Esta engaño no es nuevo. Jesús conoce todas las excusas de los corazones duros.

1 En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos. 2 Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? 3 Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. 4 O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? 5 Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.” (Lucas 13:1-5).

La amargura y la codicia son tan abominables delante de Dios como el asesinato o la fornicación. La avaricia es tan abominable como el robo. La hechicería es tan abominable como la rebelión. La idolatría es tan abominable como el orgullo y la obstinación. Todo pecador lleva la misma sentencia: “Porque la paga del pecado es muerte,” (Romanos 6:23a).

Las mil y una excusas

Hacer el bien

Tampoco hacer el bien es evidencia de piedad. Hay cosas que los hombres hacemos por sentido común, no por un verdadero amor. Jesús lo enseñó así: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11). Hay personas que se justifican porque son cumplidos o responsables en sus deberes, pero eso no te quita lo malo si incurres en pecados como los ya mencionados.

La medida incorrecta

Otro engaño es el compararse con los pecadores que son más descarados que tú. Hay quienes sin vergüenza alguna manifiestan su pecado: los borrachos, las prostitutas, los narcos, etc. Si te comparas con ellos seguro sales bien librado, pero ¿por qué no compararte con Jesús mismo?

“Como en el agua el rostro corresponde al rostro, así el corazón del hombre al del hombre.” (Proverbios 27:19). Nadie que se asome a un río puede negar que el reflejo es suyo; así también pecador, si te asomas a las Escrituras y miras el reflejo de tu corazón no puedes negar que eres pecador.

La piedad de intenciones

Muchos hacen grandes resoluciones de corazón, pero no las viven. Creen que la sola intención  de ser buenos los hace justos delante de Dios. Se guían por sentimientos y creen que por deleitarse en la ley de Dios ya la están cumpliendo.

28 Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. 29 Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. 30 Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. 31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios. 32 Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle.” (Mateo 21:28-32).

Los publicanos y las rameras van camino a la salvación delante de los que se creen buenos no por ser “más pecadores”, sino porque reconocen de una manera más sencilla su miserable condición. El reflejo de tu corazón está grabado en las Escrituras. Si Dios te abomina es porque ellas te condenan. “Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.” (Isaías 1:6) El camino a la salvación esta tapizado de lozas de humildad. El que no es humilde para reconocer su situación y ponerse a cuentas con Dios no puede llegar a la salvación.

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