Fuego de lo alto


“Entonces cayó fuego de Jehová, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y aun lamió el agua que estaba en la zanja.” (1 Reyes 18:38)

Todos los milagros que relata la Escritura nos llenan de asombro. El mencionado en el texto inicial quizá sea uno de los más comentados por el pueblo de Dios. Después de las plagas en Egipto y el cruce del mar rojo, el fuego que cayó del cielo sobre el altar de Elías es uno de los milagros mejor recordados entre los que amamos a Dios. Desde luego que la hazaña de Dios en respuesta a la oración de un hombre, para mostrarle a su pueblo que Él era el único Dios vivo y verdadero, es algo que conmueve corazones. Es aquí donde los cristianos debemos poner atención, pues las cosas que quedaron escritas son para amonestarnos a quienes nos han alcanzado los fines de los tiempos (1 Corintios 10:11).

Fuera de la lección en la que Dios mostró su poder a favor de un hombre para con ello sellar su magnífico poder y demostrarle a un pueblo rebelde quién era Él, los cristianos encontramos en este milagro un símbolo de lo que necesitamos en nuestras propias vidas: el fuego divino. Tenemos claro que nuestra vida es como ese altar y que la víctima somos nosotros mismos, pero muchas veces no tenemos claro cómo hacer descender el fuego de lo alto sobre nuestra ofrenda. El fuego simboliza un anhelo vehemente de vivir para el reino de los cielos, el cual es producido por el Espíritu Santo, quien conoce las cosas profundas de Dios.

Entendemos que todo cristiano vive haciendo la voluntad de Dios, pero ante nuestra falta de visión y carácter siempre anhelamos una mayor luz en nuestro entendimiento que redunde en una mayor consagración. Este impulso hacia la santidad y las metas en el reino de Dios es el fuego que vivimos buscando. Es aquí donde entra el actuar de una persona divina: el Espíritu Santo. “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.” (1 Corintios 2:10).

Nadie conoce mejor el corazón de Dios sino el Hijo y el Espíritu, y es la gloria de todo cristiano el indagar la manera de pensar, el razonamiento y aún los sentimientos de su Dios: nuestra gloria es conocerle a Él (Jeremías 9:24). Definitivamente los cristianos necesitamos esa influencia del Espíritu que alumbre nuestro entendimiento y encienda un fuego que nos impulse a vivir cada día sobre el altar, siendo una ofrenda en olor grato para Dios. Y aquí de nuevo salta una pregunta: ¿Cómo viene el fuego?

El fuego del cielo descendió sobre un altar bien dispuesto y sobre una víctima limpia. Los cántaros de agua parecieran la acción de un confiado Elías en donde a ojos del pueblo estaba haciendo más difícil su reto: una víctima sobre leña mojada en donde el fuego sería difícil de encenderse. Por lo menos el pueblo podía estar seguro de que Elías no haría alguna maña para obtener el fuego. Pero el milagro no consiste en que el fuego pueda consumir el agua por mucha que esta sea; el milagro consistía en hacer descender fuego del cielo. Esto solo podía hacerlo Dios.

El agua no hacía el reto más difícil para Dios, sino que limpiaba la víctima a la manera en que en el antiguo pacto también algunas piezas tenían que ser lavadas con agua (Levítico 1:9, 13). Una víctima limpia agrada a Dios. Además Elías compuso un altar con doce piedras, cada una representando a las doce tribus de Israel. La alusión es clara: el altar y la víctima son una misma cosa, una misma persona.

Dios no puede dejar de responder cuando las cosas se hacen de la manera en que le agradan. En dónde hay una víctima limpia y un altar dispuesto, Dios está deseoso de derramar su fuego. ¡Fuego de lo alto!

“¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras, y a tu presencia se escurriesen los montes, como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas, para que hicieras notorio tu nombre a tus enemigos, y las naciones temblasen a tu presencia!” (Isaías 64:1-2).

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