La perfecta unidad


“para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Juan 17:21)

El modelo de unidad perfecta lo encontramos en Dios. El Padre y el Hijo uno son y se relacionan íntimamente de una manera constante. En el capítulo 17 del evangelio de Juan, el Señor Jesús oraba. En más de una ocasión repite su gran anhelo de ver a sus discípulos unidos. No es un asunto menor el que la iglesia viva en unanimidad, pero el que Jesús haya puesto como ejemplo su vínculo de unidad con el Padre nos habla de las bases de la unidad y del grado de unión que debemos tener los unos con los otros.

La unidad del Padre y el Hijo se asienta sobre dos pilares. El primero es que ambos comparten los mismos anhelos y el mismo propósito. Son de una misma mente. La gloria de Dios es el fin supremo. Es esta unión entre el Hijo y el Padre lo que pudo lograr la redención del hombre. Y es la unión de Cristo con su iglesia lo que finalmente establecerá el reino de Dios en la tierra.

Tomando como base este primer principio, podremos entender qué requiere Dios de su iglesia. Los que la conformamos debemos ser de una misma alma, de un mismo corazón.  Este era el aspecto más sobresaliente en la iglesia de los Hechos: la unanimidad. Así, la iglesia también colabora con ese fin supremo que buscan el Padre y el Hijo: establecer su reino y que Dios sea todo y en todos. Debemos alinear nuestras metas y objetivos a cumplir este gran propósito.

Dentro de este principio también observamos la autoridad y la sumisión. Dentro del propósito eterno de Dios, al Hijo le ha placido cumplir la voluntad del Padre: “Entonces dije: He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón.” (Salmos 40:7-8). Un aspecto importante de la unidad es que sin una línea de autoridad no se logra absolutamente nada. La Escritura nos manda vivir sujetos a nuestros ministros pero también a nuestros hermanos (1 Pedro 5:5). El amor produce un vínculo perfecto de unidad. Vivir sujetos los unos a los otros por amor es un aspecto fundamental de la unidad.

La sujeción a Dios jamás tendrá bases abstractas o irreales. Cristo gobierna su iglesia por medio de una autoridad delegada (Mateo 28:18-20). La autoridad de Cristo reposa en aquellos que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y el mal, o bien en los padres espirituales. Nadie se toma la autoridad para edificarse a sí mismo, sino para servir y edificar a otros.

El segundo pilar sobre el cual se asienta la unidad del Padre y el Hijo es que ambos tienen el mismo carácter. Jesús afirmo que quien le conocía a él había conocido al Padre (Juan 14:7, 9). La unidad de pensamiento lleva a una consecuencia: la de actuar bajo los mismos principios.

Es la plenitud de carácter la que genera una unidad profunda. No andan dos juntos si no están de acuerdo. No andan dos juntos si no portan el mismo carácter, la misma esencia. El Padre y el Hijo son portadores de la misma esencia en su carácter: Dios es amor. Del amor se desprenden todas las virtudes que tanto admiramos: humildad, compasión, misericordia, paciencia, bondad, liberalidad, valentía, honestidad, fidelidad y todo cuanto provenga de la esencia del amor.

Ser portadores del carácter de Cristo hace de la iglesia mucho más que una simple congregación, pues esto hace de todos nosotros una hermosa familia que va unida hasta el final. Y no solo esto, sino que el carácter cristiano aleja de la iglesia los pecados que dañan la unidad: amargura, egoísmo, celos, envidia, malicia, chismes, murmuraciones, rencores y orgullo (Efesios 4:1-6). Un cuerpo cristiano se conforma de personas que han muerto al viejo hombre, que han renunciado al yo, y se caracterizan por buscar un vínculo sincero y constante entre ellos.

Un cuerpo cristiano procura estimular la madurez de todos sus miembros. Así como nuestro cuerpo no es más fuerte que el más débil de nuestros miembros, la iglesia de Dios sabe que su bienestar depende de cada discípulo. Lo que afecta a uno afecta a todos. Es por eso que los padres espirituales deben velar y darse por el crecimiento pleno de cada hijo de Dios: “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;” (Efesios 4:12, 13).

Hasta aquí entendemos que la unidad se asienta sobre dos columnas: ser de una misma mente y portar el mismo carácter. La iglesia puede caminar en unidad si echa mano de estos dos principios.

Sin embargo, hay un factor adicional que no está de más entender pues aporta un grado más íntimo a la unidad, y es el hecho de que la relación entre Jesús y Dios se da en un vínculo de Padre e Hijo. El rol padre-hijo aporta algo todavía más profundo a lo que venimos diciendo.

Aunque la relación padre-hijo no sea el cimiento de la unidad debemos reconocer que no nos fundimos del mismo modo en una misma visión caminando en un vínculo de amigos como en un vínculo paternal. Un padre representa mucho más en nuestras vidas que un amigo. Dios mismo quiere que nos relacionemos con él en la figura de un padre y un hijo. Él es el Padre celestial. Más que siervos o amigos somos sus hijos.

En la iglesia hay quienes logran un vínculo así, de padres e hijos. No es sencillo imprimir tu nombre en el corazón de un discípulo con el título de “papá”, pero quienes tienen el privilegio de adoptar como suyos a unos cuantos siempre encuentran la plenitud de la unidad con sus hijos espirituales.

No hay vínculo más cercano y lleno de satisfacciones como el que tengo con todos aquellos que me miran como un padre verdadero. Que el Príncipe de los pastores me enseñe a amarlos como lo merecen, así como él mismo lo ha hecho por ustedes y así como lo haría si estuviera aquí junto a cada uno. No merezco llevar en mis manos las almas de las personas que Él lavó con su sangre; pero Dios mismo que lavó mis manos y las está formando las haga aún más sensibles para que tiernamente pueda seguir abrazándolos hasta el final.

“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.” (Juan 17:23).

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Un comentario en “La perfecta unidad

  1. Gracias hermano, llevamos ya un tiempo con este anhelo y hasta donde he podido entender trato de fomentar o de transmitir esta unidad con mis herman@s. Sabes no entiendo o no tengo claro quien es mi padre espiritual. Te amo hermano sinceramente

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