Quema los barcos (Burn the ships)


Cuenta una anécdota que cuando Alejandro Magno se dispuso desembarcar en Fenicia y conquistar el imperio persa, las condiciones no le eran del todo favorables. Sus enemigos triplicaban en número a su ejército. Aunque el factor numérico no siempre juega un papel determinante en una batalla y así ejércitos numerosos no son sinónimo de victoria, en esta ocasión el gran Alejandro quiso asegurarse de que sus tropas solamente tuvieran una opción: la victoria.

Fue así como inmediatamente después de desembarcar pidió a sus oficiales quemar los barcos. Mientras la flota ardía reunió a su ejército y les dijo: “Observad cómo se queman los barcos. Esa es la única razón por la que debemos vencer, ya que si no ganamos, no podremos volver a nuestros hogares y ninguno de nosotros podrá reunirse con su familia nuevamente, ni podrá abandonar esta tierra que hoy despreciamos. Debemos salir victoriosos en esta batalla, ya que solo hay un camino de vuelta y es por el mar. Caballeros, cuando regresemos a casa lo haremos de la única forma posible, en los barcos de nuestros enemigos”.

Las batallas se pueden ganar o perder antes de pisar el campo de batalla, así que Alejandro creó una situación que golpeó fuerte en la mente de su ejército que los impulsaría a la victoria.

Quienes se disponen a lograr grandes cosas en su vida deberían ahogar todas sus opciones de derrota si es que en verdad quieren ser vencedores. Después de todo quizás no sea un asunto de buscar opciones de victoria, sino de frustrar las posibilidades al fracaso.

Algo como esto hizo el profeta Eliseo cuando se dispuso a perseguir el llamado de su maestro Elías (1 Reyes 19:19-21). Toda su vida se había dedicado a la agricultura. Asumir el rol y cargar en sus hombros y en su corazón la responsabilidad de Elías se convertiría en su nueva vocación. Los bueyes y el arado eran su herramienta de trabajo. Quemar el arado y sacrificar a los bueyes para después perseguir su meta habla de algo más que una determinación. Eliseo era un hombre de convicciones y sabía que no debía fracasar. Así que no tuvo temor en despreciar el oficio de su vida para asumir otro que trascendería para la eternidad. Se cerró el camino a la retirada y prosiguió hacia su blanco.

Todos los que han alcanzado objetivos saben que el momento más duro no se vive cuando se emprende o se inicia una tarea, sino cuando ya se está envuelto en ella. Es momento de menospreciar nuestros propios temores. El temor más grande que domina a los jóvenes cristianos es el temor al fracaso. La flaqueza, debilidad, inmadurez e inexperiencia se conjugan para minar la fe y las convicciones de quienes han de cargar en hombros a la iglesia.

Nunca he señalado la inexperiencia, la inmadurez y todo lo anterior como algo en sí mismo malo, pero lo que mal hacemos es no dejar estas cosas de lado para ir en pos de lo eterno. No debería avergonzarnos nada sino acariciar la idea de que lo que nos ha sido encomendado por el Padre celestial no puede lograrse. Y aún más vergonzoso que pensarlo es el abortar la misión.

El camino a la victoria comienza cerrando los caminos para la derrota. Definitivamente debemos centrarnos en eliminar las cosas en nuestra vida que no se asemejan a la imagen de quien lo venció todo por amor a nosotros. La ligereza, el orgullo, la rebeldía y la cobardía –solo por mencionar algunas– son las vías de escape para toparte con el fracaso.

Si ninguno que poniendo su mano en el arado y mira hacia atrás es digno de su Señor, mucho menos tales personas son dignas de gloria, honra e inmortalidad, las cuales cosas se obtienen venciéndote a ti mismo para luego vencer el mundo.

Hoy más que nunca nos encontramos lejos de la bahía de donde alguna vez partimos para iniciar la travesía a la gloria eterna. Quizás te preguntes cómo es que llegamos hasta aquí. Ya eso no importa, mi amado hijo, solo corta los amarres, eleva una oración al cielo, seca tus lágrimas y di adiós al barco. Nunca jamás debes volver a lo que eras antes. Nunca permitas que el miedo te atrape porque el miedo siembra la derrota en tu corazón. Hay quien tropieza una vez, no tienes porqué volver a caer.

Quema los barcos que te trajeron hasta aquí y sigue adelante, que después de todo si no lo haces tú, yo no permitiré que te quedes anclado a ellos. Yo mismo quemaré los barcos. Quiero que estés conmigo.

Te amo entrañablemente.

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2 comentarios en “Quema los barcos (Burn the ships)

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