Memorias de un joven


¿Quién soy? Conforme pasa el tiempo voy construyendo mi propia historia. No soy sino lo que cada día construyo con mis decisiones. Soy lo que yo mismo he querido ser.

Hace veinte años que inició mi vida. No es que tenga veinte años de edad, sino que hace veinte años rendí mi vida a Cristo. Conocí la vida cuando conocí el evangelio.

Con tan solo quince años emprendí un viaje hacia la perfección. Una perfección cuyo concepto he ido entendiendo mejor con el paso del tiempo. Un modo de vida que no tenía tan claro como ahora, pero al presente sé en qué consiste y abrazo la convicción de que iré descubriendo más misterios con cada paso que doy.

No tenía en ese entonces muchos anhelos, solo uno: glorificar a Dios con mi vida. Entre notas de realidad y mitos decidí hacerlo. Debo reconocer que mi idea de “glorificar a Dios“ era muy dispersa y a veces vaga, pero al menos entendía que la santidad conviene a los justos, así como es ella misma la que al presente nos hace cumplir ese anhelo y la que al futuro nos asegura el poder hacerlo. Así que decidí ser santo y más cada día.

Mi adolescencia no estuvo exenta de inmadurez e inexperiencia, pero Dios tuvo a bien enseñarme a vencer todo ello. En más de una ocasión el viento intentó ahogar mi fuego y las aguas apagarlo, pero el cuidado de Dios expresado en la guianza de otros me valió el seguir en pie. Unas veces mi inmadurez, otras mi inexperiencia, pero ninguna de estas cosas logró apartarme de la verdad.

Mientras he caminado, muchas personas han ido quedando detrás. No porque las haya aventajado o porque yo hubiera sido mejor que ellas, sino porque claudicaron, se apartaron del mismo camino. A pesar de esto nunca me hice a la idea de que la derrota para mí sería una opción. Independientemente de que no tuviera muy claro cómo es que se forma un vencedor, yo entendía que ser cristiano debía ser algo que durara toda la vida.

En mi anhelo por glorificar a Dios se coló la idea de que asumir roles dentro de la iglesia tenía que ser algo importante. Mi anhelo era ser un obispo, pero cuán equivocado estaba respecto a lo que representa asumir ese papel en la iglesia, y esa fue la razón por la que durante mi juventud temprana me desmotivé tanto que creí que eso no era para mí. No renuncié al anhelo de servir a la iglesia, pero sí a la intención de buscar ese rol. Además crecí en una generación donde cerca de setenta personas tenían ese cargo. Si acaso habría una oportunidad para mí, seguro que no llegaría pronto.

Siempre se me enseñó que los dones y talentos no tienen nada que ver con el carácter, sino que el carácter bien formado es mucho más importante que las aptitudes o habilidades. El gran misterio siempre fue cómo alcanzar un carácter maduro para ser útil.

Algunas virtudes del cristianismo se me explicaron por conducto teórico; otras por verlas reflejadas en otras personas, pero las veces donde hubo una enseñanza efectiva fue donde intervino una acción directa de alguien sobre mi carácter. Las manos modeladoras siempre serán el factor decisivo en la formación de discípulos.

Ahora ya adulto miro con mayor claridad en qué consiste el carácter cristiano. El velo se corrió cuando intenté formar esas virtudes en la vida de otros. Ahí me di cuenta de una manera más atenta y profunda lo que tenía que cuidar primeramente en mí para sembrarlo en otros. Sembrar, regar y esperar, esa es mi labor.

Toparme conmigo mismo ha sido el evento más determinante en mi corazón. Lo que ha logrado transformar lo que pienso y lo que soy ha sido el mirarme a mí mismo. No como quien se considera para no arriesgarse, sino como quien mira lo que es para transformarse en algo mejor. Han transcurrido muchos años de servicio y aprendizaje, pero ahora el reto es más grande y creo entender cómo alcanzarlo.

La necesidad de quienes me rodean me ha cambiado. Nuestras vidas no prometen nada si no nos dedicamos a alguien, a unos pocos y por qué no, a toda una generación. Esto es el verdadero obispado, el cual se asume no por una imposición de manos, sino por vocación. Las personas que nos rodean deben formar parte del impulso que nos lleve hacia adelante, no a buscar cargos o roles, sino a ser la prueba del amor de Cristo.

He aprendido que no basta hacer u ofrecer cosas a nuestro prójimo. Eso que ofrecemos deben ser cosas de valor, cosas que se distingan del resto, cosas que trasciendan, cosas que dejen huella en la vida de quienes amamos. No fueron los milagros, las sanidades, las predicaciones o las reprensiones lo que dejó la huella de Cristo indeleble en quienes amó. Fue la muerte en la cruz el acto que bañó de amor los corazones de sus hijos.

Podemos ser mejores cuando consideramos nuestra profesión delante de otros. Cuando entendemos qué miran y qué esperan de nosotros quienes nos aman. La mirada de todos pesa sobre mis hombros y sobre mi corazón. Aun cuando no estoy delante de ellos siento su mirada y su empuje, porque he aprendido que un pacto se vive estando presente o ausente a ellos. Un pacto es para siempre.

Algunos ven más de lo que en realidad soy. Yo sé quien soy y de donde vengo. Sé qué tengo y qué no. Conozco mis aciertos y mis errores. No soy nada especial. Lo único que me distingue es el amor de quienes creen que soy especial. No soy algo por mí mismo, soy lo que quienes me aman han hecho que sea. Unos me llaman padre, otros hermano. Sea como sea, vivo para ellos. Que mi ejemplo haga mella en sus corazones hasta el día en que parta de este mundo para volverlos a amar en cuerpo y alma por la eternidad.

Un comentario en “Memorias de un joven

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s