La hermosura y la majestad de Dios


Dios es hermoso y majestuoso. No hace falta apelar a demasiada doctrina bíblica para creerlo. En la mente del cristiano se asumen como verdaderas ambas cualidades de Dios. Existen muchos cantos que contienen esta verdad. Los cristianos entendemos que la mayor expresión de la majestad y la hermosura se encuentra en Dios. Fue precisamente un canto lo que me hizo reflexionar en esto.

La majestad de Dios está vinculada a su posición. Dios está por encima de todo y por tanto su majestad y esplendor son superiores a la de cualquier potentado en la creación. Así tiene que ser pues él es Dios. Es una cualidad necesaria debido a su papel: él es Dios.

Para comprender mejor esta cualidad pensemos en una persona con alto grado de autoridad. En este mundo, un rey o un alto funcionario están rodeados de gloria y esplendor porque ocupan un puesto muy alto. Así también Dios está rodeado de la más grande gloria y esplendor porque ocupa el puesto más alto de todos.

Pero definitivamente no es la majestad de Dios lo que lo hace hermoso. La majestad de Dios es una cosa y su hermosura es otra. Son dos cualidades que toman la forma más sublime en la persona de Dios, pero la majestad de Dios no habla de su hermosura.

Del mismo modo que la gloria y el esplendor de un rey o un mandatario no hablan de su carácter –pues hay muchas autoridades que rodeadas de gloria son verdaderos diablos– así también Dios hace a un lado su majestad para demostrar que él es hermoso por su carácter perfecto.

La hermosura de una persona es incorrectamente buscada en la apariencia física. La verdadera hermosura reside en lo interno, no en lo externo: el atavío de Dios es un adorno interno. Dios es hermoso por cómo es él.

Admito que entendí esta segunda cualidad divina no por analizarla con Biblia en mano; sino por un conjunto de vivencias.

Desde hace tiempo que me propuse ser una bendición. Mi mayor deseo es ser de gran utilidad a la gente a quien amo. Mi único propósito en esta vida es hacerlos felices a ellos. Suena demasiado cursi decirlo así, pero claro está que la felicidad está en vivir la virtud. Yo quiero que la gente viva a plenitud portando el carácter de Cristo, quien es el mayor ejemplo de virtud.

Cuando comencé a esforzarme por instruir a las personas me topé con una realidad: que las personas no sólo necesitan sana doctrina, sino modelos o ejemplos vivos de virtud. Esta verdad me hizo buscar un modelo para mí mismo, porque mi progreso con las personas depende de mi ejemplo.

Fue entonces cuando volví a mirar a Cristo y me sorprendió mirarlo en su lado humano, no en su lado divino donde precisamente reside su majestad y poder ilimitado. Lo vi sin atractivo físico, pero le deseé profundamente por su forma de ser. Siendo ser humano demostró conocer la verdad que guió sus pasos hasta la cruz por amor a mí y a su iglesia.

Su grande ternura para con sus discípulos, su profundo celo por la verdad, sus principios de justicia, su paciencia para con la gente que le amó y también para quienes le rechazaron, su templanza y dominio propio, su ánimo y vigor constante, su entereza ante los problemas, su amor sufrido y diez mil virtudes más me dejaron perplejo.

Le amo porque Él es hermoso, y sé que del mismo modo en que su ejemplo llevó a muchos a la gloria, también Cristo en mí será la esperanza de gloria en la gente que amo.

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