El amor que nos distingue


Recibirnos en amor es la gran lección que nos enseña el Nuevo Testamento. Es de los asuntos más importantes en la iglesia, pues la iglesia se conforma de personas que no provienen del mismo entorno familiar y contexto cultural. Todos los que conformamos la iglesia estamos aquí convencidos de que Dios mismo le da sentido a esta familia y permanecemos en ella porque entendemos que Cristo es la iglesia. Sin Cristo no hay iglesia, y sin iglesia no hay Cristo en este mundo.

No nos une un mismo padre o una misma madre, no nos une una misma cultura, ni tampoco nos unen los mismos gustos. Somos tan diferentes que nada de lo anterior tendría el poder de mantenernos apegados unos a otros. Lo que nos une es un mismo corazón, una misma mente, un mismo propósito, un mismo carácter. Más allá de las ideas son las convicciones lo que nos hace aferrarnos en alma y cuerpo a quienes aman al Señor Jesús.

Tal es la vivencia que he tenido estando entre ustedes. Pareciera que nos conocemos desde hace tanto tiempo por lo cual no hay barrera alguna para la amistad y el entrañable afecto. Con tan pocos días ya los anhelo con todo mi corazón. Resulta sorprendente la manera en que nace el cariño, pero todo se explica cuando entendemos que hemos abrazado la verdad: el que abraza la verdad también abraza a quienes la viven.

“Recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió” fueron las palabras del apóstol Pablo. Recibir a una persona no es abrirle la puerta de tu casa, es abrirle la puerta de tu corazón. Cristo nos recibió en su familia, porque primero abrió su corazón a nosotros los pecadores. Luego nos abrirá las puertas del cielo para que siempre estemos con él.

Recibir también es adoptar. Así como quienes toman dentro de su hogar a un niño pequeño. Se adopta para instruir, formar, educar, enseñar y rendir cariño y afecto. Se adopta para caminar siempre a lado de esa persona especial. Se adopta para consagrase a quienes has decidido amar. Se adopta para fundirte en uno con quienes merecen que seas de ellos. Yo ya los he adoptado a ustedes y me han robado el corazón.

Sé que también ustedes me han adoptado a mí y eso me hace especial. El amor que depositan en mí es lo que me da nombre. No somos nada en este mundo sino lo que nos hacen ser aquellos que nos aman. Es el mismo principio que se aplica en la relación de Dios con quienes somos sus hijos. No somos especiales porque haya algo sobresaliente en nosotros. Lo que nos distingue es que Dios puso su amor en nosotros. El mismo que hizo los cielos, la tierra y el mar; quien formó todo lo hay en este universo nos ama con todo su ser. Él nunca se ha negado a nosotros. Todo es nuestro, incluido Él, y nosotros somos de Él.

Les amo entrañablemente.

Nos veremos pronto.

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