El ministro súper estrella


La palabra “ministro” siempre ha estado rodeada de un aura de enigmas. A las personas que dentro de una iglesia se les denomina de esa manera, se les ve como importantes, súper espirituales, llenos de sabiduría y a veces como sobrenaturales. Aunque el término suene rimbombante la realidad es que el solo significado de la palabra le quita lo mágico.

Un ministro es un servidor, alguien que está atento a las necesidades de otros de la misma forma que un mesero lo haría en un mesón. Hay un par de palabras en el Nuevo Testamento que se traducen al español como “ministro” pero ambas dan la misma idea: ministro es uno que está puesto para servir.

En las religiones, cuando de ponerse un título se trata todos quieren ser ministros. Pero cuando de ejercer el oficio de un siervo se trata, nadie quiere ceñirse la toalla y lavar los pies de otros. Nadie negará que el Señor Jesucristo fue el mayor de los ministros, y por eso justamente se metió en los zapatos de un esclavo, no en los de un gran rey.

Quienes Dios ponga para servirte no tendrán un talento especial, ni tampoco un apellido de renombre, ni súper poderes o la misma sabiduría que Salomón. El ministro súper estrella no existe, solo existe gente dispuesta a servirte, y en ese sentido ya la palabra ministro queda sin su brillo religioso y por tanto sin efecto. Es mejor que todo cristiano anhele ser un buen siervo de sus hermanos sin importar su nombre, género o edad.

Ayudar o servir a las personas es un oficio, y como tal deben de tomarse las herramientas necesarias para ejercerlo bien. Nadie tiene todas las respuestas, ni toda la capacidad para dirigir la vida de otros. Pero sí se tienen aliados y gente con mayor experiencia para poder hacer la labor de un siervo. Todo cristiano debe ser un siervo sin importar como le llamen o el rol que ejerza en la vida de otros.

Amar también es dejar ser amado. Bajo esa premisa los temores se dispersan, pues es más sencillo confiar en las manos de esclavos humildes que en las manos de ministros enigmáticos. Tus ministros son tus esclavos, ellos están para servirte.

Los ministros fieles y verdaderos no son nada especial, pero por su labor tendrán el poder de consumir los corazones de otros: “El que hace a sus ángeles espíritus, Y a sus ministros llama de fuego.” (Hebreos 1:7).

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