No hay luz en el camino


¿Se han apagado las luces en derredor de ti? ¿Se ha consumido la última vela que te alumbraba? ¿El camino ha quedado oscuro y tienes temor de proseguir? A veces hay días donde el entorno se nubla y no podemos ver lo que tenemos de frente. Solo mira que tu ánimo no se fatigue, ni que tu entendimiento se oscurezca. La oscuridad de la noche nunca debe invadir tu corazón y apagar tu luz interna.

Mientras navegamos orientamos nuestra brújula hacia donde sabemos que tenemos que ir, pero en la travesía de la noche también se encienden a lo lejos muchas luces falsas que tratan de hacernos girar hacia ellas creyendo que es la ruta más corta para salir de la tempestad. Esas luces de engaño muchas veces son el reflejo de nuestros propios temores o de nuestra inseguridad. Nunca vayas en pos de faros que tratan de hacerte creer que tu viaje hacia lo eterno está por concluir. Esto no se termina hasta que se suene la final trompeta.

En una casa con miles de pasillos y puertas podemos estar tentados a abrir la que nos facilite las cosas. Nunca olvides que aquello que promete ser fácil rompe con la esencia del cristianismo. El reino es arrebatado por gente violenta; gente que por la naturaleza de las situaciones deberá ser esforzada y valiente. Lo fácil no requiere de esfuerzo ni de la virtud de la valentía. Hay puertas falsas que después de cruzarlas no tendrán regreso. Nunca cruces una puerta sin considerar la verdad que te alumbra y te ha guiado hasta donde estás.

En medio de una tormenta sabemos que tenemos que remar con más fuerza. Un buen navegante nunca se cansa ni se asusta al mirar levantarse las olas. Estamos acostumbrados a cruzar en medio de las peores tormentas. A pesar de esto, nunca hay que olvidar que no hemos enfrentado ya todo como para que alguna tempestad sí nos haga mella en el alma. Es aquí cuando levantamos los ojos al cielo y clamamos: “¿Dónde estás, Jesús?”. No levantes tus ojos al cielo. Jesús va a tu lado, remando contigo.

Nuestra vida se asemeja a la de los caminantes. Andamos en busca no de cosas terrenales, sino de las celestiales. Caminamos con paciencia aunque a veces haya obstáculos a nuestro paso. Esquivamos uno a uno, pero cuando se acumulan demasiados las mismas maniobras de escape pudieran desorientarnos. A pesar de estar haciendo lo correcto la duda se puede levantar para confundirnos. Es en este momento que podemos sentirnos perdidos y decir: “Jesús, muéstrame el camino”. No te preguntes diez mil veces hacia dónde ir, solo busca a tu derredor la espalda del Maestro, pues él va delante ti guiando tu camino. El mismo lugar que estás pisando ya fue pisado por Él. Pregúntate qué decisiones tomó Él, y haz tú lo mismo.

Las luces se encienden cuando encendemos dentro de nosotros mismos el consejo y la guianza de lo único que permanece para siempre: las palabras de nuestro Dios. Él no cambia, sus palabras tampoco. Nuestra esperanza y nuestro vigor siempre deben ser más grandes que nuestros propios miedos. Toma aliento y esperanza en el consejo del Dios inmutable, del sabio Dios, de aquél que ha hecho y sigue haciendo todo lo que se requiere para que llegues a su lado.

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