Los sueños de Dios


“Jehová cumplirá su propósito en mí;” (Salmos 137:8).

Los planes de Dios se hacen realidad a través de personas. Dios ha designado un propósito para cada uno de sus hijos, una misión que cumplir. Somos nosotros en quienes sus sueños se hacen realidad. El grave problema es que nosotros no lo entendemos así. Creemos que nosotros debemos cumplir los sueños de Dios, pero en realidad somos nosotros los que debemos dejar que Dios cumpla su sueño en nosotros.

Guiar nuestros días creyendo que debemos cuestionarnos el plan de Dios para cada uno de nosotros nos pone en un plano difícil. El propósito de Dios es tan extenso como su mente. ¿Qué lugar tenemos dentro de sus metas? ¿Qué rol debemos ejercer dentro de su propósito? ¿Qué situaciones enfrentaremos en el futuro? La realidad es que no lo sabemos. Desde luego que el corazón de un cristiano se puede fundir con el de Dios, pero el método que empleamos nos aleja de eso.

Del mismo modo que un padre diseña un plan de vida para su hijo, así también Dios a diseñado un plan para cada uno de nosotros. El único que entiende qué situaciones han de crearse es el padre. El sueño reposa en su corazón, no en el del niño. Así es como el padre guía al niño a enfrentar situaciones que lo harán apto para el porvenir.

La naturaleza del niño le impedirá tener la claridad como para que él mismo intente guiar su vida hacia los propósitos de su padre. Lo más seguro es que se equivoque. Lo mejor que puede hacer es dejarse guiar por quien diseñó su plan de vida. La parte que toca al niño es la de ser sumiso y obediente. Todo aquello que se suscite en el camino será consecuencia del propósito al cual está siendo encaminado.

Conforme el tiempo transcurre y el hijo se sujeta a la voluntad del padre, le sucede algo especial: aprende a escuchar el corazón de su padre. Es en este momento que el propósito se le revela día tras día de tal forma que se funde con los sueños que fueron concebidos para él. Es aquí cuando podría afirmar estar entendiendo el anhelo de su padre y entonces con mayor fuerza dirigirse hacia ello. El apóstol Pablo entendía que Cristo lo había asido (aprehendido, echado mano, apoderado de él) para cumplir un propósito: “sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.” (Filipenses 3:12)

Nuestra actitud es lo que hace la diferencia entre una misión cumplida o un propósito abortado. Dios nunca cambia sus intenciones para con nosotros, pero el miedo al fracaso, la inseguridad y la desobediencia nos hacen ver las cosas de manera distinta. Mientras nosotros no renunciemos a la verdad, Dios permanece con nosotros.

Los hijos de Dios deberían estar seguros de sí mismos, caminar en confianza pues la base de nuestra seguridad es que Dios confía en nosotros. Él nos escogió. Dios cree en nosotros y es por eso que nos ha hecho parte de sus sueños. Nos ha hecho parte de su propósito eterno y hace todo lo que está en su mano para que se cumpla.

Cristo Jesús jamás renunció a los suyos. Se preocupó todo el tiempo por proveerles lo necesario para poder cumplir su sueño en ellos. Con todo y las faltas que pudieron haber cometido, el propósito de Cristo estaba claro: quería que estuvieran con él por la eternidad y les encomendó un rol para ejercer en la iglesia y el mundo. También los capacitó para desempeñarlo bien. Cristo no renunció a la visión que tuvo para cada uno de ellos.

El anhelo de Dios es que siempre estemos con él, y en el camino también ha dispuesto para nosotros una misión que cumplir. Dios no renuncia a sus siervos porque tampoco renuncia a sus sueños, Dios no aborta a sus hijos porque tampoco aborta sus proyectos, Dios no abandona a quienes eligió porque tampoco abandona sus propósitos. Dios no renuncia a sus sueños, por eso no puede renunciar a nosotros. No abraces sueños, deja que los sueños de Dios se apoderen de ti.

“quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos,” (2 Timoteo 2:9)

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