El anatema

“Levántate, santifica al pueblo, y di: Santificaos para mañana; porque Jehová el Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros.” (Josué 7:13)

Dios ha dejado claro en su Palabra que nadie será condenado por los pecados de otro: “…el alma que pecare, esa morirá.” (Ezequiel 18:4). Sin embargo, las Escrituras también enseñan que los pecados de unos pocos traen consecuencias sobre la vida de muchos. Tal es el caso de los hechos narrados en el capítulo 7 del libro de Josué, en donde claramente vemos que el pecado de Acán atrajo la ira de Dios sobre el pueblo de Israel. Sigue leyendo

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¿Quién está por Jehová?

“Clamó en mis oídos con gran voz, diciendo: Los verdugos de la ciudad han llegado, y cada uno trae en su mano su instrumento para destruir.” (Ezequiel 9:1)

Hay profecías en las Escrituras que además de haber tenido cumplimiento en el pasado, pueden volver a darnos luz en nuestros tiempos. Sobre todo cuando las circunstancias que  dieron pie a que Dios hablara tales cosas se vuelven a repetir en el presente. La palabra de Dios está viva y cualquiera que por ella se guía tendrá la certeza de siempre estar haciendo lo correcto.  Sigue leyendo

La gracia que nos basta

“Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” (2 Corintios 12:9a)

La gracia de Dios es todo lo que necesitamos. Todo lo que el cristiano tiene y anhela ser es posible en la gracia de Dios. Entender de manera correcta el significado de la ‘gracia’ sin duda nos llevará a vivir de tal forma que siempre la tengamos.

A veces se piensa que la gracia de Dios es una especie de poder mágico que actúa en nosotros para que hagamos lo que Dios quiere. Es cierto que sin la gracia de Dios no se puede cumplir su voluntad, pero esto no significa que Dios posea un control remoto llamado “gracia” para dirigirnos. Eso sería algo arbitrario. Eso no es la gracia de Dios. Sigue leyendo

Si no tengo amor…

“Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.” (Hechos 3:6)

Uno de los milagros más hermosos en el libro de los Hechos es el citado en el texto anterior. Seguro que Pedro y Juan recordaron las palabras de Jesús cuando dijo: “Y estas señales seguirán a los que creen: …sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.” (Marcos 16:17-18). Este y muchos otros milagros dejaban perplejos a creyentes e incrédulos, y glorificaban a Dios por las señales que eran hechas por mano de los apóstoles. El ministerio glorioso del Espíritu Santo moviéndose en la Iglesia estaba cimbrando las puertas del Hades. ¡Aleluya! Sigue leyendo

El Dios del remanente

“Y yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron.” (1 Reyes 19:18)

El profeta Elías vivió en tiempos de mucha apostasía. Quizás nosotros valoramos más su ministerio que la generación a la cual sirvió. Las palabras del profeta denotan lo que se vivía en esos días: “He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida.” (1 Reyes 19:14). Sigue leyendo

Con regocijo segarán

“Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.” (Salmos 126:5-6)

El cristianismo florece donde hay cruz y negación. La pena y el sufrimiento son tierra fértil para la preciosa semilla que nos ha sido dada. No en vano el apóstol Pablo le decía a Timoteo, su hijo en la fe: “El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero.” (2 Timoteo 2:6). El principio es fácil: trabajar para luego gozarse, y todo el que trabaje duramente por lograr su objetivo tendrá como impulso el participar de los frutos. Sigue leyendo

Estamos de paso

“teniendo esperanza en Dios… de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos. Y por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres.” (Hechos 24:15, 16)

El apóstol Pablo tenía un conocimiento doctrinal que hasta el día de hoy a todos los cristianos asombra. Pero aun más que saber la simple doctrina, Pablo vivía a la luz de ese conocimiento. Él vivía entendiendo que algún día partiremos de este mundo “para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.” (2 Corintios 5:10) Sigue leyendo

¿Hasta cuándo, Señor?

“Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo…” (Hechos 1:7, 8a)

En el Antiguo Testamento hay muchas promesas que hablan de la restauración de Israel. Los discípulos de Jesús no sólo esperaban un restauración espiritual, que la nación se volviera a Dios de todo corazón, sino también una restauración política y de ahí la pregunta: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6). La respuesta de Jesús fue más que clara: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones”. Sigue leyendo

No solo de pan vivirá el hombre

“Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.” (Deuteronomio 8:3)

Uno de los milagros mejor recordados por los israelitas era el del maná que descendió del cielo. Alimentar a toda una generación en el desierto fue una proeza que solo podía provenir de Dios. El milagro por sí solo es glorioso, pero los propósitos de Dios lo son aún más. El versículo anterior nos deja ver que Dios usó una situación adversa para dejar un gran legado a su pueblo: no solo de pan vivirá el hombre.  Sigue leyendo

Al que venciere

“Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra; y todo el día temiste continuamente del furor del que aflige, cuando se disponía para destruir. ¿Pero en dónde está el furor del que aflige?” (Isaías 51:13)

Una victoria no viene sin una guerra. Nadie levanta un trofeo por el cual no ha luchado. No se puede hablar de victoria si no hay algo o alguien a quien vencer. A veces la lógica resulta útil y pone nuestros pies en la tierra, pero aun más que la lógica tenemos la mejor brújula: la Palabra de Dios. Sigue leyendo

Conoce a Jehová

“Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio.” (1 Juan 2:14a)

Ser padre espiritual es conocer a Dios en plenitud. Los cristianos creemos en un Dios trino: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios se nos ha manifestado en tres personas y en todo momento el testimonio que ha dejado de sí mismo ha sido glorioso. “¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance.” (Isaías 40:28). Considerando la grandeza de nuestro Dios no dejan de asombrarnos las palabras del apóstol Juan: “porque habéis conocido al que es desde el principio”. Sigue leyendo

Y vosotros estáis completos en Él

“Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.” (Juan 1:16)

Cuando el apóstol Juan escribió su evangelio ya era un padre espiritual, alguien a quien la dependencia en Dios le había enseñado muchas cosas. Cuando leemos esa serie de vivencias que Juan compila en lo que ahora es uno de los libros más hermosos de la Biblia, nos damos cuenta de que después de muchos años aun permanecían como un retrato fresco en su memoria aquellas vivencias que transformaron su vida. Seguramente al escribir la frase con la que comienza esta reflexión, el apóstol Juan recordaba cuántas cosas había vivido a lo largo de su peregrinar: pruebas, tentaciones, luchas, dificultades, azotes, cárceles, y un sin fin de experiencias que traen consigo los recuerdos. Juan sabía que en nada de lo logrado o alcanzado en su propia vida –y la de los demás apóstoles– podía estar ausente la gracia de Dios: “De su plenitud hemos tomado todos, vez tras vez, una y otra vez, gracia sobre gracia”. En otras palabras, la gracia de Cristo transforma vidas. Sigue leyendo